De Siete noches, noche quinta: ¿qué es la poseía ?
SEÑORAS,
SEÑORES:
El panteísta irlandés Escoto Erígena dijo que la Sagrada Escritura
encierra un número infinito de sentidos y la comparó con el plumaje tornasolado
del pavo real. Siglos después un cabalista español dijo que Dios hizo la
Escritura para cada uno de los hombres de Israel y por consiguiente hay tantas
Biblias como lectores de la Biblia. Lola Biblia y del destino de cada uno de
sus lectores. Cabe pensar que estas dos sentencias, la del plumaje tornasolado
del pavo real de Escoto Erígena, y la de tantas Escrituras como lectores del
cabalista español, son dos pruebas, de la imaginación celta la primera y de la
imaginación oriental la segunda. Pero me atrevo a decir que son exactas, no
sólo en lo referente a la Escritura sino en lo referente a cualquier libro
digno de ser releído.]Emerson dijo que una biblioteca es un gabinete mágico en
el que hay muchos espíritus hechizados. Despiertan cuando los llamamos;
mientras no abrimos un libro, ese libro, literalmente, geométricamente, es un
volumen, una cosa entre las cosas. Cuando lo abrimos, cuando el libro da con su
lector, ocurre el hecho estético. Y aun para el mismo lector el mismo libro
cambia, cabe agregar, ya que cambiamos, ya que somos (para volver a mi cita
predilecta) el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer no es el
hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana. Cambiamos incesantemente y es
dable afirmar que cada lectura de un libro, que cada relectura, cada recuerdo
de esa relectura, renuevan el texto. También el texto es el cambiante río de
Heráclito.
Esto puede llevarnos a la doctrina de Croce, que no sé si es la más
profunda pero sí la menos perjudicial: la idea de que la literatura es
expresión. Lo que nos lleva a la otra doctrina de Croce, que suele olvidarse:
si la literatura es expresión, la literatura está hecha de palabras, el
lenguaje es también un fenómeno estético. Esto es algo que nos cuesta admitir:
el concepto de que el lenguaje es un hecho estético. Casi nadie profesa la
doctrina de Croce y todos la aplican continuamente.
Decimos que el español es un idioma sonoro, que el inglés es un idioma
de sonidos variados, que el latín tiene una dignidad singular a la que aspiran
todos los idiomas que vinieron después: aplicamos a los idiomas categorías
estéticas. Erróneamente, se supone que el lenguaje corresponde a la realidad, a
esa cosa tan misteriosa que llamamos realidad. La verdad es que el lenguaje es
otra cosa.
Pensemos en una cosa amarilla, resplandeciente, cambiante; esa cosa es
a veces en el cielo, circular; otras veces tiene la forma de un arco, otras
veces crece y decrece. Alguien —pero no sabremos nunca el nombre de ese alguien—, nuestro antepasado, nuestro común antepasado, le dio a esa cosa el
nombre de luna, distinto en distintos idiomas y diversamente feliz. Yo diría
que la voz griega Selene es demasiado compleja para la luna, que la voz inglesa
moon tiene algo pausado, algo que obliga a la voz a la lentitud que conviene a
la luna, que se parece a la luna, porque es casi circular, casi empieza con la
misma letra con que termina. En cuanto a la palabra luna, esa hermosa palabra
que hemos heredado del latín, esa hermosa palabra que es común al italiano,
consta de dos sílabas, de dos piezas, lo cual, acaso, es demasiado. Tenemos
lúa, en portugués, que parece menos feliz; y lune, en francés, que tiene algo
de misterioso.
Ya que estamos hablando en castellano, elijamos la palabra luna. Pensemos
que alguien, alguna vez, inventó la palabra luna. Sin duda, la primera
invención sería muy distinta. ¿Por
qué no detenernos en el primer hombre que dijo la palabra luna
con ese sonido o con otro?
Hay una metáfora que he tenido ocasión de citar más de una vez
(perdónenme la monotonía, pero mi memoria es una vieja memoria de setenta y
tantos años), aquella metáfora persa que dice que la luna es el espejo del
tiempo. En la sentencia “espejo del tiempo” está la fragilidad de la luna y la eternidad también. Está esa
contradicción de la luna, tan casi traslúcida, tan casi nada, pero cuya medida
es la eternidad.
En alemán, la voz luna es masculina. Así Nietzsche pudo decir que la
luna es un monje que mira envidiosamente a la tierra, o un gato, Kater, que
pisa tapices de estrellas. También los géneros gramaticales influyen en la
poesía. Decir luna o decir “espejo del tiempo” son dos hechos estéticos, salvo que la segunda es una obra de segundo
grado, porque “espejo
del tiempo” está hecha de dos unidades y “luna”
nos da quizá aun más eficazmente la palabra, el concepto de la luna. Cada
palabra es una obra poética.
Se supone que la prosa está más cerca de la realidad que la poesía. Entiendo
que es un error. Hay un concepto que se atribuye al cuentista Horacio Quiroga,
en el que dice que si un viento frío sopla del lado del río, hay que escribir
simplemente: un viento frío sopla del lado del río. Quiroga, si es que dijo
esto, parece haber olvidado que esa construcción es algo tan lejano de la
realidad como el viento frío que sopla del lado del río. ¿Qué percepción tenemos? Sentimos el aire que se mueve, lo llamamos viento; sentimos que ese
viento viene de cierto rumbo, del lado del río. Y con todo esto formamos algo
tan complejo como un poema de Góngora o como una sentencia de Joyce. Volvamos a
la frase “el viento que sopla del lado del río”. Creamos un sujeto: viento; un verbo: que sopla; en una circunstancia
real: del lado del río. Todo esto está lejos de la realidad; la realidad es
algo más simple. Esa frase aparentemente prosaica, deliberadamente prosaica y
común elegida por Quiroga es una frase complicada, es una estructura.
Tomemos el famoso verso de Carducci “el silencio verde de los campos”. Podemos pensar que se trata de un error, que Carducci ha cambiado el
sitio del epíteto; debió haber escrito “el silencio de los verdes campos”. Astuta o retóricamente lo mudó y habló del verde silencio de los
campos.
Vayamos a la percepción de la realidad. ¿Qué es nuestra percepción? Sentimos varias cosas a un tiempo. (La palabra cosa es demasiado
sustantiva, quizá.) Sentimos el campo, la vasta presencia del campo, sentimos
el verdor y el silencio. Ya el hecho de que haya una palabra para silencio es
una creación estética. Porque silencio se aplicó a personas, una persona está
silenciosa o una campaña está silenciosa. Aplicar “silencio” a
la circunstancia de que no haya ruido en el campo, ya es una operación
estética, que sin duda fue audaz en su tiempo. Cuando Carducci dice “el silencio verde de los campos” está diciendo algo que está tan cerca y tan lejos de la realidad
inmediata como si dijera “el silencio de los verdes campos”.
Tenemos otro ejemplo famoso de hipálage, aquel insuperado verso de
Virgilio “Ibant oscuri sola sub nocte per umbra”; “iban oscuros bajo la solitaria noche por la sombra”. Dejemos el per timbra que redondea el verso y tomemos “iban oscuros [Eneas y la Sibila] bajo la solitaria noche” (“solitaria”
tiene más fuerza en latín porque viene antes de sub). Podríamos pensar que se
ha cambiado el lugar de las palabras, porque lo natural hubiera sido decir “iban solitarios bajo la oscura noche”. Sin embargo, tratemos de recrear esa imagen, pensemos en Eneas y en
la Sibila y veremos que está tan cerca de nuestra imagen decir “iban oscuros bajo la solitaria noche” como decir “iban solitarios bajo la oscura noche”.
El lenguaje es una creación estética. Creo que no hay ninguna duda de
ello, y una prueba es que cuando estudiamos un idioma, cuando estamos obligados
a ver las palabras de cerca, las sentimos hermosas o no. Al estudiar un idioma,
uno ve las palabras con lupa, piensa esta palabra es fea, ésta es linda, ésta
es pesada. Ello no ocurre con la lengua materna, donde las palabras no nos
parecen aisladas del discurso.
La poesía, dice Croce, es expresión si un verso es expresión, si cada
una de las partes de que el verso está hecho, cada una de las palabras, es
expresiva en sí misma. Ustedes dirán que es algo muy trillado, algo que todos
saben. Pero no sé si lo sabemos; creo que lo sentimos por sabido porque es
cierto. El hecho es que la poesía no son los libros en la biblioteca, no son
los libros del gabinete mágico de Emerson.
La poesía es el encuentro del lector con el libro, el descubrimiento
del libro. Hay otra experiencia estética que es el momento, muy extraño
también, en el cual el poeta concibe la obra, en el cual va descubriendo o
inventando la obra. Según se sabe, en latín las palabras “inventar” y “descubrir”
son sinónimas. Todo esto está de acuerdo con la doctrina platónica, cuando dice
que inventar, que descubrir, es recordar. Francis Bacon agrega que si aprender
es recordar, ignorar es saber olvidar; ya todo está, sólo nos falta verlo.
Cuando yo escribo algo, tengo la sensación de que ese algo preexiste. Parto
de un concepto general; sé más o menos el principio y el fin, y luego voy
descubriendo las parte intermedias; pero no tengo la sensación de inventarlas,
no tengo la sensación de que dependan de mi arbitrio; las cosas son así. Son
así, pero están escondidas y mi deber de poeta es encontrarlas.
Bradley dijo que uno de los efectos de la poesía debe ser darnos la
impresión, no de descubrir algo nuevo, sino de recordar algo olvidado. Cuando
leemos un buen poema pensamos que también nosotros hubiéramos podido escribirlo;
que ese poema preexistía en nosotros. Esto nos lleva a la definición platónica
de la poesía: esa cosa liviana, alada y sagrada. Como definición es falible, ya
que esa cosa liviana, alada y sagrada podría ser la música (salvo que la poesía
es una forma de música). Platón ha hecho algo muy superior a definir la poesía:
nos da un ejemplo de poesía. Podemos llegar al concepto de que la poesía es la
experiencia estética: algo así como una revolución en la enseñanza de la
poesía.
He sido profesor de literatura inglesa en la Facultad de Filosofía y
Letras de la Universidad de Buenos Aires y he tratado de prescindir en lo
posible de la historia de la literatura. Cuando mis estudiantes me pedían
bibliografía yo les decía: “no importa la bibliografía; al fin de todo, Shakespeare no supo nada
de bibliografía shakespiriana”. Johnson no pudo prever los libros que se escribirían sobre él. “¿Por qué no estudian directamente los textos? Si estos textos les
agradan, bien; y si no les agradan, déjenlos, ya que la idea de la lectura
obligatoria es una idea absurda: tanto valdría hablar de felicidad obligatoria.
Creo que la poesía es algo que se siente, y si ustedes no sienten la poesía, si
no tienen sentimiento de belleza, si un relato no los lleva al deseo de saber
qué ocurrió después, el autor no ha escrito para ustedes. Déjenlo de lado, que
la literatura es bastante rica para ofrecerles algún autor digno de su
atención, o indigno hoy de su atención y que leerán mañana.”
Así he enseñado, ateniéndome al hecho estético, que no requiere ser
definido. El hecho estético es algo tan evidente, tan inmediato, tan
indefinible como el amor, el sabor de la fruta, el agua. Sentimos la poesía
como sentimos la cercanía de una mujer, o como sentimos una montaña o una
bahía. Si la sentimos inmediatamente, ¿a qué diluirla en otras palabras, que sin duda serán más débiles que
nuestros sentimientos?
Hay personas que sienten escasamente la poesía; generalmente se
dedican a enseñarla. Yo creo sentir la poesía y creo no haberla enseñado; no he
enseñado el amor de tal texto, de tal otro: he enseñado a mis estudiantes a que
quieran la literatura, a que vean en la literatura una forma de felicidad. Soy
casi incapaz de pensamiento abstracto, ustedes habrán notado que estoy
continuamente apoyándome en citas y recuerdos. Mejor que hablar abstractamente
de poesía, que es una forma del tedio o de la haraganería, podríamos tomar dos
textos en castellano y examinarlos.
Elijo dos textos muy conocidos porque ya he dicho que mi memoria es
falible y prefiero un texto que ya está, que ya preexiste en la memoria de
ustedes. Vamos a considerar aquel famoso soneto de Quevedo, escrito a la
memoria de don Pedro Téllez Girón, duque de Osuna. Lo repetiré lentamente y
luego volveremos a él, verso por verso:
Faltar pudo su patria al grande Osuna,
pero no a su defensa sus hazañas;
diéronle muerte y cárcel las Españas,
de quien él hizo esclava la Fortuna.
Lloraron sus invidias una a una
con las proprias naciones las extrañas;
su tumba son de Flandres las campañas,
y su epitafio la sangrienta Luna.
En sus exequias encendió al Vesubio
Parténope y Trinacria al Mongibelo;
el llanto militar creció en diluvio.
Dióle el mejor lugar Marte en su cielo;
la Mosa, el Rhin, el Tajo y el Danubio
murmuran con dolor su desconsuelo.
Lo primero que observo es que se trata de un alegato jurídico. El
poeta quiere defender la memoria del duque de Osuna, que según él dice en otro
poema “murió en prisión y muerto estuvo preso”.
El poeta dice que España debe grandes servicios militares al duque y
que le ha pagado con la cárcel. Estas razones carecen de todo valor, ya que no
hay razón alguna para que un héroe no sea culpable o para que un héroe no sea
castigado. Sin embargo,
Faltar pudo su patria al grande Osuna,
pero no a su defensa sus hazañas;
diéronle muerte y cárcel las Españas,
de quien él hizo esclava la Fortuna,
es un momento demagógico. Conste que no estoy hablando a favor ni en
contra del soneto, estoy tratando de analizarlo.
Lloraron sus invidias una a una
con las proprias naciones las extrañas.
Estos dos versos no tienen mayor resonancia poética; fueron puestos
por la necesidad de elaborar un soneto: están, además, las necesidades de la
rima. Quevedo seguía la difícil forma del soneto italiano que exige cuatro
rimas. Shakespeare siguió la más fácil del soneto isabelino, que exige dos. Agrega
Quevedo:
su tumba son de Flandres las campañas,
y su epitafio la sangrienta Luna.
Aquí está lo esencial. Estos versos deben su riqueza a su ambigüedad. Recuerdo
muchas discusiones sobre la interpretación de estos versos. ¿Qué significa “su tumba son de Flandres las campañas”? Podemos pensar en los
campos de Flandres, en las campañas militares que libró el duque. “Y su epitafio la sangrienta Luna” es uno de los versos más memorables de la lengua española. ¿Qué significa?
Pensamos en la luna sangrienta que figura en el Apocalipsis, pensamos en la
luna debidamente roja sobre el campo de batalla, pero hay otro soneto de
Quevedo, dedicado también al duque de Osuna, en el cual dice: “a las lunas de Tracia con sangriento / eclipse ya rubrica tu jornada”. Quevedo habrá pensado, en principio, el pabellón otomano; la
sangrienta luna habrá sido la medialuna roja. Creo que todos estaremos de
acuerdo en no descartar ninguno de los sentidos; no vamos a decir que Quevedo
se refirió a las jornadas militares, a la foja de servicios del duque o a la
campaña de Flandres, o a la luna sangrienta sobre el campo de batalla, o a la
bandera turca. Quevedo no dejó de percibir los diversos sentidos. Los versos
son felices porque son ambiguos. Luego:
En sus exequias encendió al Vesubio
Parténope y Trinacria al Mongibelo.
O sea que al Vesubio lo encendió Napóles y Sicilia al Etna. Qué raro
que haya puesto estos nombres antiguos que parecen alejar todo de los nombres
tan ilustres de entonces.
Y el llanto militar creció en diluvio.
Aquí tenemos otra prueba de que una cosa es la poesía y otra el sentir
racional; la imagen de los soldados que lloran hasta producir un diluvio es
notoriamente absurda. No lo es el verso, que tiene sus leyes. El “llanto militar”, sobre todo militar, es sorprendente. Militar es un adjetivo
asombroso aplicado al llanto. Luego:
Dióle el mejor lugar Marte en su cielo.
Siete Noches (1980), en Obras completas, tomo III, Buenos Aires, Emece, 2000