De Siete noches, noche segunda: la pesadilla.
SEÑORAS, SEÑORES:
Los
sueños son el género; la pesadilla, la especie. Hablaré de los sueños y,
después, de las pesadillas.
Estuve
releyendo estos días libros de psicología. Me sentí singularmente defraudado.
En todos ellos se hablaba de los instrumentos o de los temas de los sueños (voy
a poder justificar esta palabra más adelante) y no se hablaba, lo que yo
hubiera deseado, sobre lo asombroso, lo extraño del hecho de soñar.
Así,
en un libro de psicología que aprecio mucho, The Mind of Man, de Gustav
Spiller, se decía que los sueños corresponden al plano más bajo de la actividad
mental —yo
tengo para mí que es un error— y
se hablaba de las incoherencias, de lo inconexo de las fábulas de los sueños. Quiero
recordar a Groussac y su admirable estudio (ojalá pudiera recordarlo y
repetirlo aquí) Entre sueños. Groussac, al final de ese estudio que está en El
viaje intelectual, creo que en el segundo volumen, dice que es asombroso el
hecho de que cada mañana nos despertemos cuerdos —o
relativamente cuerdos, digamos— después de haber pasado por esa zona de
sombras, por esos laberintos de sueños.
El examen de los sueños ofrece una
dificultad especial. No podemos examinar los sueños directamente. Podemos
hablar de la memoria de los sueños. Y posiblemente la memoria de los sueños no
se corresponda directamente con los sueños. Un gran escritor del siglo
dieciocho, Sir Thomas Browne, creía que nuestra memoria de los sueños es más
pobre que la espléndida realidad. Otros, en cambio, creen que mejoramos los
sueños: si pensamos que el sueño es una obra de ficción (yo creo que lo es)
posiblemente sigamos fabulando en el momento de despertarnos y cuando, después,
los contamos. Recuerdo ahora el libro de Dunne, An Experiment witk the Time.
No estoy de acuerdo con su teoría pero es tan hermosa que merece ser recordada.
Pero antes, para simplificarla (voy de un libro a otro, mis memorias son
superiores a mis pensamientos) quiero recordar el gran libro de Boecio De
consolatione philosophiae, que Dante sin duda leyó o releyó, como leyó o
releyó toda la literatura de la Edad Media. Boecio, llamado el último romano,
el senador Boecio, imagina un espectador de una carrera de caballos.
El espectador está en el hipódromo y ve,
desde su palco, los caballos y la partida, las vicisitudes de la carrera, la
llegada de uno de los caballos a la meta, todo sucesivamente. Pero Boecio
imagina otro espectador. Ese otro espectador es espectador del espectador y
espectador de la carrera: es, previsiblemente, Dios. Dios ve toda la carrera,
ve en un solo instante eterno, en su instantánea eternidad, la partida de los
caballos, las vicisitudes, la llegada.
Todo lo ve de un solo vistazo y de igual
modo ve toda la historia universal. Así Boecio salva las dos nociones: la idea
del libre albedrío y la idea de la Providencia. De igual modo que el espectador
ve toda la carrera y no influye en ella (salvo que la ve sucesivamente), Dios
ve toda la carrera, desde la cuna hasta la sepultura. No influye en lo que
hacemos, nosotros obramos libremente, pero Dios ya sabe —Dios
ya sabe en este momento, digamos— nuestro destino final. Dios ve así la
historia universal, lo que sucede a la historia universal; ve todo eso en un
solo espléndido, vertiginoso instante que es la eternidad.
Dunne es un escritor inglés de este
siglo. No conozco título más interesante que el de su libro, Un experimento
con el tiempo. En él imagina que cada uno de nosotros posee una suerte de
modesta eternidad personal: a esa modesta eternidad la poseemos cada noche. Esta
noche dormiremos, esta noche soñaremos que es miércoles. Y soñaremos con el
miércoles y con el día siguiente, con el jueves, quizá con el viernes, quizá
con el martes... A cada hombre le está dado, con el sueño, una pequeña
eternidad personal que le permite ver su pasado cercano y su porvenir cercano.
Todo esto el soñador lo ve de un solo
vistazo, de igual modo que Dios, desde su vasta eternidad, ve todo el proceso
cósmico. ¿Qué
sucede al despertar? Sucede que, como estamos acostumbrados
a la vida sucesiva, damos forma narrativa a nuestro sueño, pero nuestro sueño
ha sido múltiple y ha sido simultáneo.
Veamos un ejemplo muy sencillo. Vamos a
suponer que yo sueño con un hombre, simplemente la imagen de un hombre (se
trata de un sueño muy pobre) y luego, inmediatamente, sueño la imagen de un árbol.
Al despertarme, puedo dar a ese sueño tan simple una complejidad que no le
pertenece: puedo pensar que he soñado en un hombre que se convierte en árbol,
que era un árbol. Modifico los hechos, ya estoy fabulando.
No sabemos exactamente qué sucede en los
sueños: no es imposible que durante los sueños estemos en el cielo, estemos en
el infierno, quizá seamos alguien, alguien que es lo que Shakespeare llamó “the
thing I am”, “la
cosa que soy”,
quizá seamos nosotros, quizá seamos la Divinidad. Esto se olvida al despertar.
Sólo podemos examinar de los sueños su memoria, su pobre memoria.
He leído también el libro de Frazer, un
escritor, desde luego, sumamente ingenioso, pero también muy crédulo, ya que
parece aceptar todo cuanto le cuentan los viajeros. Según Frazer, los salvajes
no distinguen entre la vigilia y el sueño. Para ellos, los sueños son un
episodio de la vigilia. Así, según Frazer, o según los viajeros que leyó
Frazer, un salvaje sueña que sale por el bosque y que mata a un león; cuando se
despierta, piensa que su alma ha abandonado su cuerpo y que ha matado a un león
en sueños. O, si queremos complicar un poco más las cosas, podemos suponer que
ha matado al sueño de un león. Todo esto es posible, y, desde luego, esta idea
de los salvajes coincide con la idea de los niños que no distinguen muy bien
entre la vigilia y el sueño.
Referiré un recuerdo personal. Un
sobrino mío, tendría cinco o seis años entonces —mis
fechas son bastante falibles—,
me contaba sus sueños cada mañana. Recuerdo que una mañana (él estaba sentado
en el suelo) le pregunté qué había soñado. Dócilmente, sabiendo que yo tenía
ese hobby, me dijo: “Anoche
soñé que estaba perdido en el bosque, tenía miedo, pero llegué a un claro y
había una casa blanca, de madera, con una escalera que daba toda la vuelta y
con escalones como un corredor y además una puerta, por esa puerta saliste vos”. Se
interrumpió bruscamente y agregó: “Decime, ¿qué estabas haciendo en esa casita?”
Todo corría para él en un solo plano, la
vigilia y el sueño. Lo que nos lleva a otra hipótesis, a la hipótesis de los
místicos, la hipótesis de los metafísicos, la hipótesis contraria que, sin
embargo, se confunde con ella.
Para el salvaje o para el niño los
sueños son un episodio de la vigilia, para los poetas y los místicos no es
imposible que toda la vigilia sea un sueño. Esto lo dice, de modo seco y
lacónico, Calderón: la vida es sueño. Y lo dice, ya con una imagen,
Shakespeare: “estamos
hechos de la misma madera que nuestros sueños”;
y, espléndidamente, lo dice el poeta austríaco Walter von der Vogelweide, quien
se pregunta (lo diré en mi mal alemán primero y luego en mi mejor español) : “Ist
es mei Leben getraümt oder ist es wahr?: “¿He
soñado mi vida, o fue un sueño?” No está seguro. Lo que nos lleva, desde
luego, al solipsismo; a la sospecha de que sólo hay un soñador y ese soñador es
cada uno de nosotros. Ese soñador —tratándose de mí—,
en este momento está soñándolos a ustedes; está soñando esta sala y esta
conferencia. Hay un solo soñador; ese soñador sueña todo el proceso cósmico,
sueña toda la historia universal anterior, sueña incluso su niñez, su mocedad. Todo
esto puede no haber ocurrido: en ese momento empieza a existir, empieza a soñar
y es cada uno de nosotros, no nosotros, es cada uno. En este momento
yo estoy soñando que estoy pronunciando una conferencia en la calle Charcas,
que estoy buscando los temas —y
quizá no dando con ellos—,
estoy soñando con ustedes, pero no es verdad. Cada uno de ustedes está soñando
conmigo y con los otros.
Tenemos esas dos imaginaciones: la de
considerar que los sueños son parte de la vigilia, y la otra, la espléndida, la
de los poetas, la de considerar que toda la vigilia es un sueño. No hay
diferencia entre las dos materias. La idea llega al artículo de Groussac: no hay
diferencia en nuestra actividad mental. Podemos estar despiertos, podemos
dormir y soñar y nuestra actividad mental es la misma. Y cita, precisamente,
aquella frase de Shakespeare: “estamos hechos de la misma madera que
nuestros sueños”.
Hay otro tema que no puede eludirse: los
sueños proféticos. Es propia de una mentalidad avanzada la idea de los sueños
que corresponden a la realidad, ya que hoy distinguimos los dos planos.
Hay un pasaje en la Odisea en el
que se habla de dos puertas, la de cuerno y la de marfil. Por la de marfil
llegan a los hombres los sueños falsos y por la de cuerno, los sueños
verdaderos o proféticos. Y hay un pasaje en la Eneida (un pasaje que ha
provocado innumerables comentarios): en el libro noveno, o en el undécimo, no
estoy seguro, Eneas desciende a los Campos Elíseos, más allá de las Columnas de
Hércules: conversa con las grandes sombras de Aquiles, de Tiresias; ve la
sombra de su madre, quiere abrazarla pero no puede porque está hecha de sombra;
y ve, además, la futura grandeza de la ciudad que él fundará. Ve a Rómulo, a
Remo, el campo y, en ese campo, ve al futuro Foro Romano, la futura grandeza de
Roma, la grandeza de Augusto, ve toda la grandeza imperial. Y después de haber
visto todo eso, después de haber conversado con sus contemporáneos, que son
gente futura para Eneas, Eneas vuelve a la tierra. Entonces ocurre lo curioso,
lo que no ha sido bien explicado, salvo por un comentador anónimo que creo que
ha dado con la verdad. Eneas vuelve por la puerta de marfil y no por la de
cuerno. ¿Por
qué? El comentador nos dice por qué: porque
realmente no estamos en la realidad. Para Virgilio, el mundo verdadero era
posiblemente el mundo platónico, el mundo de los arquetipos. Eneas pasa por la
puerta de marfil porque entra en el mundo de los sueños —es
decir, en lo que llamamos vigilia.
Bueno, todo esto puede ser.
Ahora llegamos a la especie, a la
pesadilla. No será inútil recordar los nombres de la pesadilla.
El nombre español no es demasiado
venturoso: el diminutivo parece quitarle fuerza. En otras lenguas los nombres
son más fuertes. En griego la palabra es efialtes: Enaltes es el demonio
que inspira la pesadilla. En latín tenemos el incubus. El íncubo es el
demonio que oprime al durmiente y le inspira la pesadilla. En alemán tenemos
una palabra muy curiosa: Alp, que vendría a significar el elfo y la
opresión del elfo, la misma idea de un demonio que inspira la pesadilla. Y hay
un cuadro, un cuadro que De Quincey, uno de los grandes soñadores de pesadillas
de la literatura, vio. Un cuadro de Fussele o Füssli (era su verdadero nombre,
pintor suizo del siglo dieciocho) que se llama The Nightmare, La
pesadilla. Una muchacha está acostada. Se despierta y se aterra porque ve
que sobre su vientre se ha acostado un monstruo que es pequeño, negro y
maligno. Ese monstruo es la pesadilla. Cuando Füssli pintó ese cuadro estaba
pensando en la palabra Alp, en la opresión del elfo.
Llegamos ahora a la palabra más sabia y
ambigua, el nombre inglés de la pesadilla: the nightmare, que significa
para nosotros “la
yegua de la noche”. Shakespeare
la entendió así. Hay un verso suyo que dice “I
met the night mare”, “me
encontré con la yegua de la noche”. Se ve que la concibe como una yegua.
Hay otro poema que ya dice deliberadamente “the
nightmare and her nine foals”, “la
pesadilla y sus nueve potrillos”, donde la ve como una yegua también.
Pero según los etimólogos la raíz es
distinta. La raíz sería niht mare o niht maere, el demonio de la
noche. El doctor Johnson, en su famoso diccionario, dice que esto corresponde a
la mitología nórdica —a
la mitología sajona, diríamos nosotros—,
que ve a la pesadilla como producida por un demonio; lo cual haría juego, o
sería una traducción, quizá, del efialtes griego o del incubus latino.
Hay otra interpretación que puede
servirnos y que haría que esa palabra inglesa nightmare estuviese
relacionada con Märchen, en alemán. Märchen quiere decir fábula, cuento
de hadas, ficción; luego, nightmare sería la ficción de la noche. Ahora
bien, el hecho de concebir nightmare como “la
yegua de la noche”
(hay algo de terrible en lo de “yegua de la noche”),
fue como un don para Víctor Hugo. Hugo dominaba el inglés y escribió un libro
demasiado olvidado sobre Shakespeare. En uno de sus poemas, que está en Les
contemplations, creo, habla de “le cheval noir de la
nuit”, “el
caballo negro de la noche”,
la pesadilla. Sin duda estaba pensando en la palabra inglesa nightmare.
Ya que hemos visto estas diversas
etimologías, tenemos en francés la palabra cauchemar, vinculada, sin
duda, con la nightmare del inglés. En todas ellas hay una idea (voy a
volver sobre ellas) de origen demoníaco, la idea de un demonio que causa la
pesadilla. Creo que no se trata simplemente de una superstición: creo que puede
haber —y
estoy hablando con toda ingenuidad y toda sinceridad—,
algo verdadero en este concepto.
Entremos en la pesadilla, en las
pesadillas. Las mías son siempre las mismas. Yo diría que tengo dos pesadillas
que pueden llegar a confundirse. Tengo la pesadilla del laberinto y esto se
debe, en parte, a un grabado en acero que vi en un libro francés cuando era
chico. En ese grabado estaban las siete maravillas del mundo y entre ellas el
laberinto de Creta. El laberinto era un gran anfiteatro, un anfiteatro muy alto
(y esto se veía porque era más alto que los cipreses y que los hombres a su
alrededor). En ese edificio cerrado, ominosamente cerrado, había grietas. Yo
creía (o creo ahora haber creído) cuando era chico, que si tuviera una lupa lo
suficientemente fuerte podría ver, mirar por una de las grietas del grabado, al
Minotauro en el terrible centro del laberinto.
Mi otra pesadilla es la del espejo. No
son distintas, ya que bastan dos espejos opuestos para construir un laberinto. Recuerdo
haber visto en la casa de Dora de Alvear, en Belgrano, una habitación circular
cuyas paredes y puertas eran de espejo, de modo que quien entraba en esa
habitación estaba en el centro de un laberinto realmente infinito.
Siempre sueño con laberintos o con
espejos. En el sueño del espejo aparece otra visión, otro terror de mis noches,
que es la idea de las máscaras. Siempre las máscaras me dieron miedo. Sin duda
sentí en la infancia que si alguien usaba una máscara estaba ocultando algo
horrible. A veces (éstas son mis pesadillas más terribles) me veo reflejado en
un espejo, pero me veo reflejado con una máscara. Tengo miedo de arrancar la
máscara porque tengo miedo de ver mi verdadero rostro, que imagino atroz. Ahí
puede estar la lepra o el mal o algo más terrible que cualquier imaginación
mía.
Un rasgo curioso en mis pesadillas, no
sé si ustedes lo comparten conmigo, es que tienen una topografía exacta. Yo,
por ejemplo, siempre sueño con esquinas determinadas de Buenos Aires. Tengo la
esquina de Laprida y Arenales o la de Balcarce y Chile. Sé exactamente dónde
estoy y sé que debo dirigirme a algún lugar lejano. Estos lugares en el sueño
tienen una topografía precisa pero son completamente distintos. Pueden ser
desfiladeros, pueden ser ciénagas, pueden ser junglas, eso no importa: yo sé
que estoy exactamente en tal esquina de Buenos Aires. Trato de encontrar mi
camino.
Como quiera que sea, en las pesadillas
lo importante no son las imágenes. Lo importante, como Coleridge —decididamente
estoy citando a los poetas—
descubrió, es la impresión que producen los sueños. Las imágenes son lo de
menos, son efectos. Ya dije al principio que había leído muchos tratados de
psicología en los que no encontré textos de poetas, que son singularmente
iluminativos.
Veamos uno de Petronio. Una línea de
Petronio citada por Addison. Dice que el alma, cuando está libre de la carga
del cuerpo, juega. “El
alma, sin el cuerpo, juega.”
Por su parte, Góngora, en un soneto, expresa con exactitud la idea de que los
sueños y la pesadilla, desde luego, son ficciones, son creaciones literarias:
El sueño, autor de representaciones
en su teatro sobre el viento armado
sombras suele vestir de bulto bello
El
sueño es una representación. La idea la retomó Addison a principios del siglo
dieciocho en un excelente artículo publicado en la revista The Expectator.
He citado a Thomas Browne. Dice
que los sueños nos dan una idea de la excelencia del alma, ya que el alma está
libre del cuerpo y da en jugar y soñar. Cree que el alma goza de libertad. Y
Addison dice que, efectivamente, el alma, cuando está libre de la traba del
cuerpo, imagina, y puede imaginar con una facilidad que no suele tener en la
vigilia. Agrega que de todas las operaciones del alma (de la mente, diríamos
ahora, ahora no usamos la palabra alma), la más difícil es la invención. Sin
embargo, en el sueño inventamos de un modo tan rápido que equivocamos nuestro
pensamiento con lo que estamos inventando.
Soñamos leer un libro y la verdad es que
estamos inventando cada una de las palabras del libro, pero no nos damos cuenta
y lo tomamos por ajeno. He notado en muchos sueños ese trabajo previo, digamos,
ese trabajo de preparación de las cosas.
Recuerdo cierta pesadilla que tuve. Ocurrió,
lo sé, en la calle Serrano, creo que en Serrano y Soler, salvo que no parecía
Serrano y Soler, el paisaje era muy distinto: pero yo sabía que era en la vieja
calle Serrano, de Paler-mo. Me encontraba con un amigo, un amigo que ignoro: lo
veía y estaba muy cambiado. Yo nunca había visto su cara pero sabía que su cara
no podía ser ésa. Estaba muy cambiado, muy triste. Su rostro estaba cruzado por
la pesadumbre, por la enfermedad, quizá por la culpa. Tenía la mano derecha
dentro del saco (esto es importante para el sueño). No podía verle la mano, que
ocultaba del lado del corazón. Entonces lo abracé, sentí que necesitaba que lo
ayudara: “Pero,
mi pobre Fulano, ¿qué
te ha pasado? ¡Qué
cambiado estás!” Me
respondió: “Sí,
estoy muy cambiado”.
Lentamente fue sacando la mano. Pude ver que era la garra de un pájaro.
Lo extraño es que desde el principio el
hombre tenía la mano escondida. Sin saberlo, yo había preparado esa invención:
que el hombre tuviera una garra de pájaro y que viera lo terrible del cambio,
lo terrible de su desdicha, ya que estaba convirtiéndose en un pájaro. También
ocurre en los sueños: nos preguntan algo y no sabemos qué contestar, nos dan la
respuesta y quedamos atónitos. La contestación puede ser absurda, pero es
exacta en el sueño. Todo lo habíamos preparado. Llego a la conclusión, ignoro
si es científica, de que los sueños son la actividad estética más antigua.
Sabemos que los animales sueñan. Hay
versos latinos en los que se habla del lebrel que ladra tras la liebre que
persigue en sueños. Tendríamos en los sueños, pues, la más antigua de las
actividades estéticas; muy curiosa porque es de orden dramático. Quiero agregar
lo que dice Addison (confirmando, sin saberlo, a Góngora) sobre el sueño, autor
de representaciones. Addison observa que en el sueño somos el teatro, el
auditorio, los actores, el argumento, las palabras que oímos. Todo lo hacemos
de modo inconsciente y todo tiene una vividez que no suele tener en la
realidad. Hay personas que tienen sueños débiles, inseguros (al menos, así me
lo dicen). Mis sueños son muy vividos.
Volvamos a Coleridge. Dice que no
importa lo que soñamos, que el sueño busca explicaciones. Toma un ejemplo:
aparece un león aquí y todos sentimos miedo: el miedo ha sido causado por la
imagen del león. O bien: estoy acostado, me despierto, veo que un animal está
sentado encima de mí, y siento miedo. Pero en el sueño puede ocurrir lo
contrario. Podemos sentir la opresión y ésta busca una explicación. Entonces
yo, absurdamente, pero vividamente, sueño que una esfinge se me ha acostado
encima. La esfinge no es la causa del terror, es una explicación de la opresión
sentida. Coleridge agrega que personas a las que se ha asustado con un falso
fantasma se han vuelto locas. En cambio, una persona que sueña con un fantasma,
se despierta y al cabo de algunos minutos, o algunos segundos, puede recuperar
la tranquilidad.
Yo he tenido —y
tengo—
muchas pesadillas. A la más terrible, la que me pareció la más terrible, la usé
para un soneto. Fue así: yo estaba en mi habitación; amanecía (posiblemente ésa
era la hora en el sueño), y al pie de la cama estaba un rey, un rey muy
antiguo, y yo sabía en el sueño que ese rey era un rey del Norte, de Noruega. No
me miraba: fijaba su mirada ciega en el cielorraso. Yo sabía que era un rey muy
antiguo porque su cara era imposible ahora. Entonces sentí el terror de esa
presencia. Veía al rey, veía su espada, veía su perro. Al cabo, desperté. Pero
seguí viendo al rey durante un rato, porque me había impresionado. Referido, mi
sueño es nada; soñado, fue terrible.
Quiero referirles una pesadilla que en
estos días me contó Susana Bomba!. No sé si contada tendrá efecto;
posiblemente, no. Ella soñó que estaba en una habitación abovedada, la parte
superior en tinieblas. De la tiniebla caía una tela negra deshilacliada. Ella
tenía en la mano unas tijeras grandes, algo incómodas. Tenía que cortar las
hilachas que pendían de la tela y que eran muchas. Lo que ella veía abarcaría
un metro y medio de ancho y un metro y medio de largo, y luego se perdía en las
tinieblas superiores. Cortaba y sabía que nunca llegaría al fin. Y tuvo la
sensación de horror que es la pesadilla, porque la pesadilla es, ante todo, la
sensación del horror.
He contado dos pesadillas verdaderas y
ahora voy a contar dos pesadillas de la literatura, que posiblemente fueron
verdaderas también. En la conferencia anterior hablé de Dante, me referí al nobile
castello del Infierno. Refiere Dante cómo él, guiado por Virgilio, llega al
primer círculo y ve que Virgilio palidece. Piensa: si Virgilio palidece al
entrar al Infierno, que es su morada eterna, ¿cómo no he yo de sentir miedo? Se lo
dice a Virgilio, que está aterrado. Pero Virgilio lo urge: “Yo
iré delante”. Entonces
llegan, y llegan inesperadamente, porque se oyen, además, infinitos ayes; pero
ayes que no son de dolor físico, son ayes que significan algo más grave.
Llegan a un noble castillo, a un nobile
castello. Está ceñido por siete murallas que pueden ser las siete artes
liberales del trivium y del cuadrivium o las siete virtudes; no
importa. Posiblemente, Dante sintió que la cifra era mágica. Bastaba con esa
cifra que tendría, sin duda, muchas justificaciones. Se habla asimismo de un
arroyo que desaparece y de un fresco prado, que también desaparece. Cuando se
acercan, lo que ven es esmalte. Ven, no el pasto, que es una cosa viva, sino
una cosa muerta. Avanzan hacia ellos cuatro sombras, que son las sombras de los
grandes poetas de la Antigüedad. Ahí está Homero, espada en mano; ahí esta
Ovidio, está Lucano, está Horacio. Virgilio le dice que salude a Homero, a
quien Dante tanto reverenció y nunca leyó. Y le dice: honorate l’altissimo
poeta. Homero avanza, espada en mano, y
admite a Dante como el sexto en su compañía. Dante, que no ha escrito todavía
la Comedia, porque la está escribiendo en ese momento, se sabe capaz de
escribirla.
Después le dicen cosas que no conviene
repetir. Podemos pensar en un pudor del florentino, pero creo que hay una razón
más honda. Habla de quienes habitan el noble castillo: allí están las grandes
sombras de los paganos, de los musulmanes también: todos hablan lenta y
suavemente, tienen rostros de gran autoridad, pero están privados de Dios. Ahí
está la ausencia de Dios, ellos saben que están condenados a ese eterno
castillo, a ese castillo eterno y decoroso, pero terrible.
Está Aristóteles, el maestro de quienes
saben. Están los filósofos presocráticos, está Platón, está también, solo y
aparte, el gran sultán Saladino. Están todos aquellos grandes paganos que no
pudieron ser salvados porque les faltaba el bautismo, que no pudieron ser
salvados por Cristo, de quien Virgilio habla pero a quien no puede nombrar en
el Infierno: lo llama un poderoso. Podríamos pensar que Dante no había
descubierto aún su talento dramático, no sabía aún que podía hacer hablar a sus
personajes. Podríamos lamentar que Dante no nos repita las grandes palabras,
sin duda dignas, que Homero, esa gran sombra, le dijo con la espada en la mano.
Pero también podemos sentir que Dante comprendió que era mejor que todo fuera
silencioso, que todo fuera terrible en el castillo. Hablan con las grandes
sombras. Dante las enumera: habla de Séneca, de Platón, de Aristóteles, de
Saladino, de Averroes. Los menciona y no hemos oído una sola palabra. Es mejor
que así sea.
Yo diría que si pensamos en el Infierno,
el infierno no es una pesadilla; es simplemente una cámara de tortura. Ocurren
cosas atroces, pero no hay el ambiente de pesadilla que hay en el “noble
castillo”. Eso
lo ofrece Dante, quizá por primera vez en la literatura.
Hay otro ejemplo, que fue elogiado por
De Quincey. Está en el libro segundo de The Prelude, de Wordsworth. Dice
Wordsworth que estaba preocupado —esta preocupación es rara, si pensamos
que escribía a principios del siglo diecinueve—
por el peligro que corrían las artes y las ciencias, que estaban a merced de un
cataclismo cósmico cualquiera. En aquel tiempo no se pensaba en esos
cataclismos; ahora podemos pensar que toda la obra de la humanidad, la
humanidad misma, puede ser destruida en cualquier momento. Pensamos en la bomba
atómica. Bien; Wordsworth cuenta que conversó con un amigo. Pensó: ¡que
horror, qué horror pensar que las grandes obras de la humanidad, que las
ciencias, que las artes estén a merced de un cataclismo cósmico cualquiera! El
amigo le confiesa que también él ha sentido ese temor. Y Wordsworth le dice: he
soñado eso...
Y ahora viene el sueño que me parece la
perfección de la pesadilla, porque ahí están los dos elementos de la pesadilla:
episodios de malestares físicos, de una persecución, y el elemento del horror,
de lo sobrenatural. Wordsworth nos dice que estaba en una gruta frente al mar,
que era la hora del mediodía, que estaba leyendo en el Quijote, uno de
sus libros preferidos, las aventuras del caballero andante que Cervantes historia.
No lo menciona directamente, pero ya sabemos de quién se trata. Agrega: “Dejé
el libro, me puse a pensar; pensé, precisamente, en el tema de las ciencias y
las artes y luego llegó la hora.” La poderosa hora del mediodía, del
bochorno del mediodía, en que Wordsworth, sentado en su gruta frente al mar
(alrededor están la playa, las arenas amarillas), recuerda: “El
sueño se apoderó de mí y entré en el sueño”.
Se ha quedado dormido en la gruta,
frente al mar, entre las arenas doradas de la playa. En el sueño lo cerca la
arena, un Sahara de arena negra. No hay agua, no hay mar. Está en el centro del
desierto —en
el desierto se está siempre en el centro— y
está horrorizado pensando qué puede hacer para huir del desierto, cuando ve que
a su lado hay alguien. Extrañamente, es un árabe de la tribu de los beduinos,
que cabalga sobre un camello y tiene en la mano derecha una lanza. Bajo el
brazo izquierdo tiene una piedra; y en la mano un caracol. El árabe le dice que
su misión es salvar las artes y las ciencias y le acerca el caracol al oído; el
caracol es de extraordinaria belleza. Wordsworth (“en
un idioma que yo no conocía pero que entendí”)
nos dice que oyó la profecía: una suerte de oda apasionada, profetizando que la
Tierra estaba a punto de ser destruida por el diluvio que la ira de Dios envía.
El árabe le dice que es verdad, que el diluvio se acerca, pero que él tiene una
misión: salvar el arte y las ciencias. Le muestra la piedra. Y la piedra es,
curiosamente, la Geometría de Euclides, sin dejar de ser una piedra. Luego le
acerca el caracol, y el caracol es también un libro: es el que le ha dicho esas
cosas terribles. El caracol es, además, toda la poesía del mundo, incluso, ¿por
qué no?, el poema de Wordsworth. El beduino le dice: “Tengo
que salvar estas dos cosas, la piedra y el caracol, ambos libros”. Vuelve
hacia atrás la cara y hay un momento en que ve Wordsworth que el rostro del
beduino cambia, se llena de horror. Él también mira hacia atrás y ve una gran
luz, una luz que ya ha inundado la mitad del desierto. Es la de las aguas del
diluvio que va a destruir la Tierra. El beduino se aleja y Wordsworth ve que el
beduino también es Don Quijote y el camello también es Rocinante, y que
de igual modo que la piedra es un libro y el caracol un libro, el beduino es
Don Quijote y no es ninguna de las dos cosas y las dos cosas a un
tiempo. Esta dualidad corresponde al horror del sueño. Wordsworth, en ese
momento, despierta en un grito de terror, porque las aguas ya lo alcanzan. Creo
que esta pesadilla es una de las más hermosas de la literatura. Podemos derivar
dos conclusiones, al menos durante el transcurso de esta noche; ya después
cambiará nuestra opinión. La primera es que los sueños son una obra estética,
quizá la expresión estética más antigua. Torna una forma extrañamente
dramática, ya que somos, como dijo Addison, el teatro, el espectador, los
actores, la fábula. La segunda se refiere al horror de la pesadilla. Nuestra
vigilia abunda en momentos terribles: todos sabemos que hay momentos en que nos
abruma la realidad. Ha muerto una persona querida, una persona querida nos ha
dejado, son tantos los motivos de tristeza, de desesperación... Sin embargo,
esos motivos no se parecen a la pesadilla; la pesadilla tiene un horror
peculiar y ese horror peculiar puede expresarse mediante cualquier fábula. Puede
expresarse mediante el beduino que también es Don Quijote en Wordsworth;
mediante las tijeras y las hilachas, mediante mi sueño del rey, mediante las
pesadillas famosas de Poe. Pero hay algo: es el sabor de la pesadilla.
En los tratados que he consultado no se habla de ese horror.
Aquí tendríamos la posibilidad de una
interpretación teológica, lo que vendría a estar de acuerdo con la etimología. Tomo
cualquiera de las palabras: digamos, incubus, latina, o nightmare, sajona, o
Alp, alemana. Todas sugierean algo sobrenatural. Pues bien. ¿Y
si las pesadillas fueran estrictamente sobrenaturales?¿Si
las pesadillas fueran grietas
Siete
Noches (1980), en Obras completas, tomo III,
Buenos Aires, Emece, 2000