Colección Voces que dejan Huellas


"Los Lorca, Vallejo, Neruda y Paz que disfruto son aquellos donde
el verso abstracto aparece de repente como un muro atravesado por la luz del sol
o como un campo iluminado súbitamente por la luz
que se filtra por una nube partida en dos"

Derek Walcott





GODSA


Derek Walcott

15 de octubre de 1964
Solomon R. Gugenheim Museum
voz del Autor
Editado por The Academy of American Poets


Derek Walcott

Disco completo
Título

Introduction by Robert Lowell

Introduction to "A Far Cry from Africa"

A Far Cry from Africa                     texto

Introduction to "Ruins of a Great House"

Ruins of a Great House                     texto
De "Tales of the Islands"

Introduction

Chapter I

Chapter II

Chapter III

Introduction to "Chapter VI"

Chapter VI

Introduction to "Chapter IX"

Chapter IX

Introduction to "Parang"

Parang                     texto

A Lesson for This Sunday

Introduction to "A Sea-Chantey"

A Sea-Chantey
De "Origins"

Introduction

I

II

III

IV

V

VI

VII

Introduction to "Castaway"

Castaway

Tarpon

The Glory Trumpeter                     texto


GODSA


Derek Walcott Reads

Omeros, The odyssey
and his collected poems
voz del Autor
Editado por CAEDMON Audio


Derek Walcott

Disco completo
Título
De "Omeros"

Chapter I

Chapter II"

Chapter III

Chapter IV"
Collected poems

A far cry from Africa                     texto

In a green night

God rest Ye Merry, Gentlemen                     texto

Codicil                     texto

Missing the sea

The fortunate traveler

The season of phantasmal peace                     texto

Endings

The fist                     texto

Love after love                     texto

Volcano

Sadly sea

The sea in history                     texto

A scene from the odyssey


GODSA


DEREK WALCOTT

Un caballero que no se acalora*

I

No sé español, circunstancia que en cualquier otro lugar no tiene nada de particular, pero en el contexto del Caribe, y en mi condición de isleño, resulta algo imperdonable. Primero, por la proximidad del amplio número de países hispanófonos comprendidos en el arco del océano Caribe, demasiado vasto para llamarlo mar, y luego por, la historia en tres actos del Nuevo Mundo: el drama de la exploración, la conquista y la independencia que han conocido todas nuestras naciones, algunas como la mía, del tamaño de una roca. Lo que yo poseo son algunos vestigios de un instinto de parodia, melodrama, exageración y alarde teatral que me infundió mi propio idioma aun a contrapelo del temperamento de mi isla: Santa Lucía. Por regla general se parodia al inglés diciendo que es alguien desapasionado y de sangre fría, monótono en su expresión, un caballero que no se acalora cuando hace una observación. Este juicio puede ser cierto también para lo hispánico, es decir, para la poesía y la prosa de América Latina en su caricatura de la política y en sus clichés de derramamiento de sangre, duende, revolución y manoteo. El lenguaje es un producto histórico, y la historia inglesa que se nos enseñaba en paralelo con la literatura inglesa estaba erizada y embarullada de la contienda de Inglaterra con España, de la derrota de la Armada española, de los conflictos navales del Caribe y de los de Inglaterra, de ahí nuestro simultáneo, no secundario, desdén por España y, obviamente, por el idioma español. Esto ha sucedido igualmente, pero en sentido inverso, con respecto de las colonias españolas. No hace falta decir que si se nos hubiera enseñado su idioma y su literatura antes de que aprendiéramos su historia, no habría sucedido esa prolongada alienación. No obstante, sin tratar de comportarme como un lingüista, pienso que existe una diferencia orgánica entre esos dos idiomas, el inglés y el español, diferencia que resulta evidente, no sólo en su sonido sino también en su acción tónica, en el fenómeno del surrealismo, fruto de las vocales, no de las consonantes, y de un elevado tono melódico así como de la velocidad de las acciones metafóricas, velocidad inseparable de la rapidez con la que se habla en español y capaz de producir los inusitados símiles del surrealismo, práctica ésta que no funciona en la poesía inglesa debido a su sólida adhesión a la forma como significado, a la gramática como melodía y a los sustantivos incontrovertibles.

Granada

Tierra roja y cruda, amasa el olivo plateados verdes

bajo el golpazo del viento como capa que moldea el coche,

atormentados olivos más pequeños de lo que imaginabas,

al tiempo que una tristeza, no inmensa, sino medida,

disminuye su distancia en el intenso barullo del camino

que agranda asombrosa Granada. Así se lee España,

hacia atrás, como el recuerdo, como el árabe, montañas

y previsibles cipreses que confirman que el único tiempo

es el pasado, donde yace una falta que es de España por entero.

Se retuerce en el tronco del olivo, boquea en el ocre eco de pétrea ladera, como seco brocal de pozo: "Lorca".

Las aceitunas negras de sus ojos, el pan remojado en su platito.

Un hombre de camisa blanca, rasgada y manchada de vino,

un traje negro, suelas de cuero que tropiezan con las piedras.

No puedes quedarte afuera, al margen de eso; y los otros sobre la colina al raso, el staccato del fuego de las carabinas,

de los tobillos de la bailarina, la O del cantaor de flamenco

y la boca de la guitarra; ellos están allí, en Goya,

el campesino que muere, los ojos abiertos, en El tres de mayo

donde el corazón de España está.

¿Por qué España siempre sufre?

¿Por qué ellos regresan de esta distancia, de esta lejanía

de cipreses y montañas y olivos que se vuelven plateados?

 

Leyendo a Antonio Machado

 

Las peladas ramas del jazmín enderezan de pronto

su fragante amago.Más ecos que flores, atolondran los sentidos

como la magnolia de noche: blancas como las páginas que leo,

con la prosa estampada en el margen izquierdo de la hoja

y en el derecho las manchitas como de esquisto de las estrofas

y la costura: río que encuaderna su propio lenguaje.

El genio de España se eriza como el cardo. ¿Qué provocó eso?

¿Las vainas de un tiempo seco, el calor que corre con rizos cadenciosos,

negros volantes fruncidos y la curvatura de una garganta blanca?

Todo resonancias, asociaciones e inferencias,

el acento de Antonio Machado, aun traducido,

los verbos en la tierra, los sustantivos en las piedras y los muros,

todo inferencia, resonancia y asociación,

el azul distanciamiento de España de los balcones abiertos con bugambilias,

cuando brotan blancas flores de los cuernos de un toro,

blancas flores de jazmín cual blancas almas de monjas.

Jacas en marcha bajo pinos de montaña, en otoño,

cebollas, y la ristra, los bulbos de plata del ajo, el crujido

de las monturas y el agua ligera riñendo sobre las claras piedras

de nuestros caminos abrasados en agosto, toman cuerpo en estas estrofas

por el calor agrietadas: inferencias, resonancias, asociaciones.

Versiones de José Luis Rivas dedicadas a David Huerta

 

Neruda tiene una frase que dice: "las campanas de las uvas". En inglés esa metáfora suena forzada, pero estamos ante una imagen construida, no por Neruda, sino por el sonido del español, en el que la vocal es la metáfora; y en efecto, una vez que superamos el estremecimiento de la duda, y hasta la repulsa que esa frase provoca en inglés y, por lo tanto en la sensibilidad inglesa, comenzamos a ver no sólo la realidad auditiva de la metáfora sino también su realidad gráfica y visual, que en la pintura española, por ejemplo en Murillo, en Velázquez, en Picasso, hasta llegamos a escuchar el silencio del racimo de badajos de las campanas, su estallido y alborozo potenciales, el sonido que encierran las uvas al pender de los hilos de sus pedúnculos. Un poeta de lengua inglesa no es menos atrevido en su lenguaje, pero tal atrevimiento por lo común no es el primer cometido de su arte; esta en un principio dispareja asociación de uvas y campanas –asociación que creo sería espontáneamente aceptable para alguien que piensa en español, pero que para quien lo hace en inglés, y con esto me refiero al pensador inglés promedio–, resulta tirada de los pelos, surrealista, demasiado facilona en su concepto.

Vocales y bigotes son los clichés de la personalidad española, y en compañía de ellos, subliminalmente, una guitarra audible en el metro de la poesía española, sea en el género elegiaco o en el furioso; elegiaco en las reflexiones de Machado y Vallejo, y elegiaco y furioso en el soleado ritmo gitano, de temperamento negro, de García Lorca. Trinidad, la isla caribe, conserva restos y resonancias del idioma español en los nombres de sus ciudades, no sólo de su capital, Puerto España, sino de otros lugares: San Fernando, Mayaro, Manzanilla, Paramin, Las Cuevas; además, está cerca de Venezuela, y una de sus tradiciones es la parranda, o parrang, en que el instrumento preferido es el cuatro, un primo de la guitarra compuesto de cuatro cuerdas. En Navidad, "O Belem", toda trinidad se hispaniza y los villancicos se cantan con exaltación que no había conocido de modo tan intenso con otras piezas dramáticas. Ya el propio título resulta problemático porque "Burlador" significa algo más que un simple joker, tal vez sería más exacto traducirlo por trickster, pero esta palabra posee una coloración muy picaresca, más cercana a la zarzuela que a ese drama de misterioso fondo metafísico. Pero a esa adaptación le hacía falta el ingenio, la rapidez y el gesto ceremonioso del original, de modo que tuve que aprender a pensar como uno de esos Cocoa-spaniards, a escuchar el sonido característico del cuatro detrás de mis octosílabos. No hacia una traducción sino una adaptación, y esa es nuestra condición precisa en esta América: somos adaptadores, no traductores. Mi patrimonio era preciso, no espectral. La parrang es la música genuina y el acento de sus cantantes, en su hibridez, lo es asimismo.

El segundo lenguaje, mejor dicho el lenguaje simultáneo de mi isla, es el criollo (creole) francés, al igual que el otro lenguaje del parrandero, aparte del inglés de Trinidad, es el español de García Lorca y de Hernández. Los arrugados rostros criollos de esos cantantes tradicionales son también españoles, como si la lengua otorgara su forma al semblante de sus usuarios, en especial al músico. Un rostro irlandés cantando un villancico parrang sería una especie de contradicción; salvo en el Caribe, donde cualquier rostro va bien detrás de nuestra música, la cual es, sobre todo, percusión de origen africano. El privilegio de que goza cada escritor caribe es ese patrimonio, lo mismo que el acceso a todos los idiomas de todos los imperios que dieron forma al Caribe: inglés, holandés, francés, portugués, danés y español. La forma de nuestro archipiélago es la de un camaleón que adapta esos idiomas a la luz de su piel. No me siento falso cuando intento pensar como un español, no más que cuando trato de pensar como un saddhu antillano o un inglés de las islas, no más que el camaleón o lo que Hart Crane llamó "La lagartija en el sañudo mediodía".

Vivimos en un contexto de traducción, así es como un español lee a Shakespeare o un antillano La Divina Comedia, pero me parece, en medio de mi inmensa ignorancia, que para el idioma inglés es muy difícil, y acaso también para el temperamento de sus hablantes, adaptarse al idioma español, casi como si hubiera que franquear una aduana de inmigrantes. Se baja de una barrera. No nos fundimos con el idioma españ ol de la misma manera que con la pintura española. No escuchamos de entrada, las campanas de las uvas.

Yo he tenido esa dificultad con Lorca, sobre todo con su Poeta en Nueva York, una dificultad que no se reduce a mi ignorancia del español, aunque pienso que el espíritu del idioma español es probablemente el responsable de sus martirizantes abstracciones, ninguna de las cuales martiriza al lector español, pero eso me pasaba con Vallejo, el Vallejo de Trilce, con el primer Neruda e, incluso, con una porción de "Piedra de sol" de Octavio Paz. Los Lorca, Vallejo, Neruda y Paz que disfruto son aquellos donde el verso abstracto aparece de repente como un muro atravesado por la luz del sol o como un campo iluminado súbitamente por la luz que se filtra por una nube partida en dos:

 

Cantan los niños

en la noche serena

de Lorca, la poderosa elegía profética de Vallejo:

 

Me moriré en París con aguacero

 

y aquellos pasajes de "Piedra de sol", más cercanos a la ficción y la pintura, que presentan empedrados y balcones y siluetas que se mueven a través de ellos. Del mismo modo que los haikú no funcionan en inglés y paran en humildad afectada, el intento de adaptar el espíritu español al verso inglés tropieza con esta contrastante exigencia de lo real, lo lógico, lo lineal.

Así, quizá, hasta llegar a García Márquez. Una frase de García Márquez funciona en dos niveles: el nivel del narrador, que en una mitad, o incluso un tercio de la frase asumirá el papel omnisciente del narrador minucioso de Flaubert, luego la frase se desliza, desde la presencia de una voz, no la del narrador, sino la de un entusiasmado testigo que imagina una acción en el idioma corriente, la cual se lee, de entrada como una exageración. Al principio García Má rquez me enfurecía, pero luego mudé de oído, y aprendí a acomodar otras voces, a menudo simultáneas, dentro de una frase. En un caso alguien es herido y la sangre cruza la calle y entra en una tienda o en una casa; esta metáfora exasperó mi realismo lógico, que es la naturaleza del idioma inglés; éste argumentaba que la sangre no cruza la calle, ni se arrastra ni entra en una casa. No obstante, yo al principio no comprendía el punto extremo de la exageración que sirve para componer un suceso, una frase, no surreal sino real en el sentido de que así es como la gente narra los acontecimientos, sin cambiar los sustantivos, donde la acción es sustituida por la sangre, y ésta se convierte en el relato de un testigo tranquilo o entusiasmado, en un tiempo verbal, pues dos tiempos se juntan: el pasado de lo que ocurrió en un relato fáctico que solía ser la voz del narrador, y el tiempo presente que prosigue el contexto del suceso, el contenido íntegro con sus dos voces; así, la primera mitad de la frase es la ficción oficial, y la segunda, la parte al parecer exagerada, es la ficción oral o tribal, cuya entonación, en la novela o el relato corto, es el rumor.

Toda obra imaginaria se funda en el rumor, en sucesos que el novelista, o el narrador de relatos cortos, confirma. Comprendo esto ahora porque he prestado oídos a la segunda voz, eso que sobrepasó la barrera o el meridiano de la frase, su censura oculta; entonces escuché el sonido del colombiano, de manera que la voz tribal de Macondo pasó a ser asimismo la de cualquiera de los pueblos costeros de mi propia isla; y así nada me pareció más natural y, también más ineludible, que la prosa de García Márquez.

En las turbulentas tragedias de García Lorca aparecen a menudo estas frases relampagueantes que irradian el centelleo de las dagas desenvainadas, frases de filos amenazantes, pero su acento más poderoso reside en el zumbido melancólico de la tristeza que hunde sus raíces en lo real.

Toda la acción es impulsada por la guitarra. El ejemplo insigne de esto es, naturalmente, el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, donde el modelo, para mi oído al menos, es el flamenco, con su coro inicial procedente del eco que responde al poeta/cantaor, pero derivado asimismo de la liturgia de la misa y de las máscaras negras de la tragedia griega. Este gran poema alcanza un logro suplementario y excepcional: convierte al lector y al oyente –lectura es aquí escucha– en español. La invocación consigue eso de manera paulatina, como una sombra que crece obscureciendo la arena y cubre con un manto de congoja nuestro ánimo:

 

A las cinco de la tarde.

 

Y al tiempo que crece la congoja se produce una recapitulación asombrosa, una iluminación heráldica y tribal que proviene del grito, del metro de la voz y la guitarra concertados, pero se manifiesta, sobre todo, mediante un poder epigramático que deriva, como el blues spiritual, de una congoja colectiva:

 

¡Oh negro toro de pena! ¡Oh blanco muro de España!

 

Esta pincelada expresionista, emblema negro contra muro blanco, negra pintura sobre un lienzo blanco, toca y chal negros contra un griego muro de piedra caliza, resulta moderna a la vez que atávica. Estamos ante un autor muy diferente del que compuso Poeta en Nueva York.

 

Como un río de leones

su maravillosa fuerza.

 

La metáfora gobierna la traducción. En la traducción de Spender-Leishmann, este símil de múltiples niveles me hizo ver el cuerpo moreno de Ignacio, moreno de trabajar bajo el sol de la arena; luego, mientras yace desnudo sobre la cama o camilla, con el vientre cubierto de paños ondulando como un río moreno que se agita, da un salto, penetra y luego salta: leones que se arquean mientras nadan. Por otra parte, visitar España, hacer caso omiso de la tumba de García Lorca, trabar amistad con personas excelentes, comer chuletas de cordero asadas con astillas de pino, a la orilla de un río ruidoso, durante una pequeña comida al aire libre, es encontrarse en un país que es, con toda naturalidad, él mismo; donde los nombres de Machado, Aleixandre y Alberti se pronuncian sin afectación; es como vivir en el texto original sin comprender el idioma. Pero el idioma ha sido dotado del poder de la resonancia y de las asociaciones, y mucho de lo que se ve es la confirmación, en inglés o en estadounidense, del apasionamiento de Hemingway por ese país, hasta un punto en que nos descubrimos haciendo cosas que amenazan convertirnos en un clon: visitar San Fermín, dominar con la vista el paisaje desde el balcón de la casa del ayuntamiento y ver los toros corriendo por las calles, caminar con aterciopelada veneración por el museo del Prado y encontrarse delante del milagro de Velázquez, mirando el dolor y la compasión del general que recibe la espada en La rendición de Brenda; sé que esto ha de ocurrir también en México pues no podemos siquiera separar a las bó vedas y los remates de las campanas de las uvas o de las catedrales barrocas, ni del deslizamiento del sol sobre la piedra en los poemas de Octavio Paz.

Así es como llegué a España: recorriendo la geografía de su poesía. He dejado atrás mi admiración por Neruda a medida que envejezco, excepto por aquellos poemas que poseen la densidad inusitada de la ficción, pero todavía me estremezco ante su Alturas de Machu Pichu. Grada tras grada, este gran poema va trepando en paralelo con su modelo hasta que recibe como las cumbres "el esperma de los cóndores". Estamos ante un gran poema del Nuevo Mundo. Posee la expansiva fuerza estadounidense de Whitman, además de una exaltación más precisa; su catálogo es más melódico que genérico. En él se venera una ausencia aborigen.

Pero ¡ah, cuántas son las obras maestras que no he leído! Pararse delante de un público como el presente, o mejor dicho: no pararse, sino arrodillarse en abyecta penitencia sin esperanza de perdón y confesar que nunca he sido capaz de leer Don Quijote en inglés, y menos todavía en su lengua original, aunque he dormido en la ciudad en que vivió Cervantes, y que nunca he estado realmente en París, salvo una solo vez, y que, no obstante los vituperios de una hermana, jamás he sido capaz de familiarizarme con En busca del tiempo perdido, y créanme que existen en mi haber otros estigmas igualmente inconcebibles antes de volver al punto en que comencé: que no sé español, que el francés no es mi lengua nativa, lo cual no es bueno ya que vivimos de traducciones. No puedo penetrar en Proust por causa de Joyce. Nunca he hallado una traducción de Proust que me entusiasme a través de su inmediata textura; una riqueza que podría hacer mía, o robarla, tal como me ocurre, aun en traducción, con la prosa de Mandelstam o de Pasternak. Lo de Don Quijote lo atribuyo a un problema de proporción, y prometo purgar algún día esa falta con mis poco fiables rodillas. Ello no obstante me enamoré de Alcalá, del mismo modo en que me enamoré instantáneamente del paisaje que perteneció una vez, y que sigue perteneciendo todavía, a Antonio Machado, y de los bosquecillos de Granada, caros a García Lorca. También he llegado a amar a Macondo gracias a la maravillosa traducción de... sea quien sea (su nombre se me escapa ya acudirá más adelante), de suerte pienso que García Márquez es mejor en inglés que en español, porque en el primer idioma sus adverbios y adjetivos adquieren una desenfadada rotundidad oral, poco frecuente en mi lengua.

Esta mezcla que se da en el caribe es un privilegio y un venero. El encanto de una traducción española puede compartirse con muchos otros idiomas; además existe un encanto y una fecundidad suplementarias en los dialectos que son obra de la mestización del inglés y el africano (el jamaiquino), del francés y el africano (el dulce patuá de mi isla; el de Guadalupe; el de la Martinica, y el de Haití). Así como la literatura española ha sido estupendamente enriquecida en sus antiguas colonias por novelistas latinoamericanos y portugueses, por Borges y Jorge Amado, la literatura del Caribe ha enriquecido a la literatura inglesa. Estas presencias pueden revestir un carácter velado elíptico, pero están allí, como el argot no castellano de los trinitarios cocoa-Spaniards de Santa Cruz y Paramín que robusteció los octasílabos de mi versión (que no traducción) de El burlador de Sevilla. Si conduces un automóvil por los cacaotales de Santa Cruz, tierra oscura, árboles retorcidos, hojas que cuelgan como botargas de las negras ramas, y escuchas la melodía de un lenguaje en esa ausencia, como ocurre a la sola mención del nombre de la extensa playa rumorosa de palmeras de Manzanilla, o de la iglesia de la Divina Pastora, sientes esa transformación que deriva de los nombres. Mi privilegio consiste en la capacidad que tengo de apropiarme de esa herencia, dueña de una antigüedad de siglos y no racialmente adquirida, de esa poesía de los nombres españoles de Trinidad; privilegio que geográficamente me acerca más a Venezuela, Cuba, Puerto Rico y América Latina que a Inglaterra y Europa, y que en lo sucesivo podría componer un patrimonio más grande, aquel que fusionaría al archipiélago, islas unidas que tendrían parte en las obras maestras que ellas mismas han creado.

Precisamos de toda una industria de la traducción, de la enseñanza de todos los idiomas de los antiguos imperios. La fusión de antiguas contradicciones y absurdos odios que se nos enseñó, es algo pasajero.

Una de las desventajas de la educación colonial es el hecho de que dirijamos la vista hacia el norte, en especial hacia Inglaterra, e incluso solamente a Inglaterra; en lugar de mirar al oriente o al poniente en busca de una identidad equiparable, una identidad diseñada por el idioma que hablamos, y de la que estamos orgullosos, todo lo cual es natural, y hasta admirable, pero aun así más admirable habría sido que aprendiéramos el idioma de nuestros vecinos, el de Venezuela y Colombia, al igual que el de Puerto Rico, el de Cuba y, naturalmente, el de México. La educación ideal del caribe, puesto que su historia es innegable, debería comprender el conocimiento del holandés, el francés, el español, el danés, el chino mandarín, el hindú, el portugués, el inglés, el ibo, porque estas lenguas sobreviven en algo más que fragmentos y están modificando sutilmente el lenguaje de la fuente. No solamente el sonido de las palabras, sino la fusión, en términos de temperamento, de lo que esos sonidos significan. Tenemos que examinar con mayor profundidad que el lingüista a los escritores del Nuevo Mundo, lo cual es un encargo de la poesía. En cualquier sitio del Nuevo Mundo cada cultura es por lo menos dos culturas, las que no necesariamente están en lucha si asumen su condición novelesca. En la base de la poesía de Octavio Paz se encuentra la solidez hereditaria y conmemorativa de la arquitectura y los iconos de los aztecas, sobre los cuales fluye, como el agua sobre la piedra, un español elocuente. Apreciar esto exige una falla sísmica de inteligencia, porque esta poesía no es para leerse de la manera como suele hacerse en la península Ibérica, y una vez que el acomodo es al menos intentado, otra claridad se abre paso, otra luz aparece, ciertas propiedades se vuelven más concentradas, y la silueta de la belleza usual se hace más brutal, más totémica. La presencia española es casi absorbida de modo hosco y resentido, pero no rechazada por la piedra que se suaviza a sí misma en otra poesía, una que está más profundamente arraigada en el texto aborigen (aboriginal). El Nuevo Mundo es una antologí a de literaturas ausentes, de voces ahogadas y aprisionadas pertenecientes a culturas desaparecidas, de la que poesía, como Macchu Picchu y los balcones de "Piedra de sol" de Octavio Paz, así como otras obras de ficción, son templos conmemorativos.

Que la presencia española parezca tan remota debido a la historia, es sólo una consecuencia de un colonialismo que no dejaba a sus súbditos absorber nada que alterara los ideales del imperio, y que les permitía, más de buena gana, identificarse con las ceremonias de la Iglesia católica, los peligrosos contactos con las lenguas romances y la permisividad desenfrenada del carnaval y la revolución que son casi sinónimos. Esta inflación yace oculta en cada isla antillana debido a la presencia africana. La distinción entre lo que es mestizo y lo que es puro en sí no se aplica en el Caribe, ni, por último, en la gramática y los tiempos verbales del pasado y del presente, ni en el calendario de las cuatro estaciones.

 

 

II

Rivera, Orozco y Siqueiros, el gran triunvirato de los muralistas mexicanos, desafió los frescos y retablos del Renacimiento con una ortodoxia diferente, el marxismo; y una ortodoxia diferente reclamaba un nuevo estilo y, de hecho, una diferente geometría, una que achataba la perspectiva y las dimensiones del retrato anatómico a una realidad menos elegiaca y reverencial pero más brutal. Y encontró su poder generativo en la escultura totémica de los indios tanto como en las turbinas y los agentes de la realidad industrial. Su misa no era religiosa, sino contemporánea y secular, su profeta, Lenin, remplazó a Moisés. El claroscuro suponía una antigua devoción; los santos de rostros estragados de El Greco perpetuaban, a ojos de ellos, la jerarquía dominante e inflexible del sufrimiento sobre la tierra y la segura promesa del cielo. Hay que colocar aparte a Goya, naturalmente, que es el primer pintor mexicano, el padre de Orozco y Siqueiros. Estos pintores concebían la pintura como lenguaje, como polémica, y podemos escuchar en ella la voz del chileno Neruda, e incluso el dolorido aislamiento de César Vallejo, en sus retablos seculares preñados de rabia y de esperanza para el Nuevo Mundo. En Santa Lucía al mirar sus reproducciones, advertí que la naturaleza del idioma español y su resignación a la religión y la historia de Europa eran escupidas y cambiadas por el poder sísmico de aquel arte. Suya no era la inevitable aceptación de la imaginación colonial, sometida y aplastada por la magnitud del arte del Renacimiento, que hizo de México y otros países latinoamericanos meras extensiones y repeticiones de un remoto esplendor, de la fe ortodoxa misma, la marcha de los conquistadores hacia los palacios más brillantes de la mente, y esta lección de cambio, de mirada dirigida a lo inmediato fue de cambio real para el arte del Caribe. Produjo en todas partes pinturas y frescos previsibles, polémicos y regionales dueños de un lenguaje liberado; gran parte de esas obras eran malas, apasionadas, aunque de dibujo torpe, ásperos colores de paleta acre, pero no peores en su expresión que la devoción de otros pintores religiosos con sus madonas rubias y sus cristos de sacarina.

El lenguaje de la pintura mexicana fue una influencia muy poderosa, pero más intensa en un amigo cuyo verdadero temperamento me gustaría ver emergido y transformado por su amor a Siqueiros y Orozco, aun cuando era y sigue siendo muy devoto de la Iglesia católica.

Estas influencias emergen sutilmente a un examen de cerca. Mencioné la mirada de tierna compasión que se aprecia en los ojos del comendador al recibir la espada de su derrotado homólogo en La rendición de Breda; esa misma mirada que en otro momento, y surgida de un mutuo respeto, que Sir Walter Raleigh debió intercambiar con el general de Bemo, luego de su derrota en San José, en la isla de Trinidad. Esa mirada en los ojos del vencedor que humedece y cimbra mi comprensión de todo lo que he recibido de la poesía española, lo mismo que el general victorioso al decir: "Soy yo, no tú, quién ha sido derrotado por esta victoria; yo he sufrido la pérdida del dolor que este triunfo te ha infligido".

Esta humedad en los ojos de un lector, los de este hombre rendido, la que me ha dejado una obra como El otoño del patriarca, un gran poema en prosa, así como tanta poesía en español; el cristal de Lorca, la solidez mineral de Machado, la llovizna crepuscular de Vallejo, el resplandor de Neruda viven en mí, en otro idioma, sin el vocabulario del inglés y el español.

 

*Esta conferencia fue precedida por la lectura, hecha de viva voz por el autor, de sus poemas "Granada" y " Leyendo a Antonio Machado" .

Texto de la conferencia magistral dictada dentro del programa 2000 de la Cátedra Latinoamericana Julio Cortázar en Guadalajara el 9 de marzo. Agradecemos a la Cátedra su amable autorización para publicarla.

Traducción de José Luis Rivas

Derek Walcott, Un caballero que no se acalora *, Fractal n° 19, octubre-dicienbre, 2000, año 5, volumen V, pp. 99-113.

 

*Esta conferencia fue precedida por la lectura, hecha de viva voz por el autor, de sus poemas "Granada" y " Leyendo a Antonio Machado".
Texto de la conferencia magistral dictada dentro del programa 2000 de la Cátedra Latinoamericana Julio Cortázar en Guadalajara el 9 de marzo. Agradecemos a la Cátedra su amable autorización para publicarla. Traducción de José Luis Rivas Derek Walcott, Un caballero que no se acalora*, Fractal n° 19, octubre-dicienbre, 2000, año 5, volumen V, pp. 99-113.


GODSA



Poemas de Derek Walcott
textos


Codicil


Schizophrenic, wrenched by two styles
one a hack's hired prose,
I earned my exile.
I trudge this sickle, moonlit beach for miles
tan, burn to slough off
this love of ocean that's self-love.
To change your language you must change your life.
I cannot right old wrongs
Waves tire of horizon and return
Gulls screech with rusty tongues
Above the beached, rotting pirogues,
they were a venomous beaked cloud at Charlotteville.
Once I thought love of country was enough,
now, even if I chose, there is no room at the trough.
I watch the best minds rot like dogs
for scraps of favour
I am nearing middle age,
burnt skin peels from my hand like paper, onion-thin,
like Peer Gynt's riddle.
At heart there is nothing, not the dread of death.
I know to many dead.
They're all familiar, all in character,
even how they died.
On fire, the flesh no longer fears that furnace mouth of earth,
that kiln or ashpit of the sun,
nor this clouding, unclouding sickle moon
withening this beach again like a blank page.
All its indifference is a different rage.


A far cry from Africa


A wind is ruffling the tawny pelt
Of Africa, Kikuyu, quick as flies,
Batten upon the bloodstreams of the veldt.
Corpses are scattered through a paradise.
Only the worm, colonel of carrion, cries:
'Waste no compassion on these separate dead!'
Statistics justify and scholars seize
The salients of colonial policy.
What is that to the white child hacked in bed?
To savages, expendable as Jews?
Threshed out by beaters, the long rushes break
In a white dust of ibises whose cries
Have wheeled since civilizations dawn
From the parched river or beast-teeming plain.
The violence of beast on beast is read
As natural law, but upright man
Seeks his divinity by inflicting pain.
Delirious as these worried beasts, his wars
Dance to the tightened carcass of a drum,
While he calls courage still that native dread
Of the white peace contracted by the dead.
Again brutish necessity wipes its hands
Upon the napkin of a dirty cause, again
A waste of our compassion, as with Spain,
The gorilla wrestles with the superman.
I who am poisoned with the blood of both,
Where shall I turn, divided to the vein?
I who have cursed
The drunken officer of British rule, how choose
Between this Africa and the English tongue I love?
Betray them both, or give back what they give?
How can I face such slaughter and be cool?
How can I turn from Africa and live?


The sea is history


Where are your monuments, your battles, martyrs?
Where is your tribal memory? Sirs,
in that gray vault. The sea.
The sea has locked them up. The sea is History.
First, there was the heaving oil,
heavy as chaos;
then, like a light at the end of a tunnel,
the lantern of a caravel,
and that was Genesis.
Then there were the packed cries,
the shit, the moaning:
Exodus.
Bone soldered by coral to bone,
mosaics mantled by the benediction of the shark's shadow,
that was the Ark of the Covenant.
Then came from the plucked wires
of sunlight on the sea floor
the plangent harp of the Babylonian bondage,
as the white cowries clustered like manacles
on the drowned women,
and those were the ivory bracelets
of the Song of Solomon,
but the ocean kept turning blank pages
looking for History.
Then came the men with eyes heavy as anchors
who sank without tombs,
brigands who barbecued cattle,
leaving their charred ribs like palm leaves on the shore,
then the foaming, rabid maw
of the tidal wave swallowing Port Royal,
and that was Jonah,
but where is your Renaissance?
Sir, it is locked in them sea sands
out there past the reef's moiling shelf,
where the men-o'-war floated down;
strop on these goggles, I'll guide you there myself.
It's all subtle and submarine,
through colonnades of coral,
past the gothic windows of sea fans
to where the crusty grouper, onyx-eyed,
blinks, weighted by its jewels, like a bald queen;
and these groined caves with barnacles
pitted like stone
are our cathedrals,
and the furnace before the hurricanes:
Gomorrah. Bones ground by windmills
into marl and cornmeal,
and that was Lamentations
that was just Lamentations,
it was not History;
then came, like scum on the river's drying lip,
the brown reeds of villages
mantling and congealing into towns,
and at evening, the midges' choirs,
and above them, the spires
lancing the side of God
as His son set, and that was the New Testament.
Then came the white sisters clapping
to the waves' progress,
and that was Emancipation
jubilation, O jubilation
vanishing swiftly
as the sea's lace dries in the sun,
but that was not History,
that was only faith,
and then each rock broke into its own nation;
then came the synod of flies,
then came the secretarial heron,
then came the bullfrog bellowing for a vote,
fireflies with bright ideas
and bats like jetting ambassadors
and the mantis, like khaki police,
and the furred caterpillars of judges
examining each case closely,
and then in the dark ears of ferns
and in the salt chuckle of rocks
with their sea pools, there was the sound
like a rumour without any echo
of History, really beginning.


Love after love


The time will come
when, with elation
you will greet yourself arriving
at your own door, in your own mirror
and each will smile at the other's welcome,
and say, sit here. Eat.
You will love again the stranger who was yourself.
Give wine. Give bread. Give back your heart
to itself, to the stranger who has loved you
all your life, whom you ignored
for another, who knows you by heart.
Take down the love letters from the bookshelf,
the photographs, the desperate notes,
peel your own image from the mirror.
Sit. Feast on your life.

God Rest Ye Merry, Gentlemen


Splitting from Jack Delaney’s,
Sheridan Square,that winter night,
stewed, seasoned in Bourbon,
my body kindled by the whistling air
snowing the Village that Christ was reborn,
I lurched like any lush by his own glow
across towards Sixth, and froze before the tracks
of footprints bleeding on the virgin snow.
I tracked them where they led across the street
to the bright side,
entering the wax-sealed smell of neon,
human heat,
some all-night diner with its wise-guy cook
his stub thumb in my bowl of stew
and one man´s popped and beaten face, it´s look
acknowledging all that, white-dark outside,
was possible: some beast prowling the block,
something fur-clotted, running wild
beyond the boundary of will. Outside,
more snow had fallen. My heart charred.
I longed for darkness, evil that was warm.
Walking, I’d stop and turn. What had I heard,
wheezing behind my heel with whitening breath?
Nothing. Sixth Avenue yawned wet and wide.
The night was white. There was nowhere to hide.


The fist


The fist clenched round my heart
loosens a little, and I gasp
brightness; but it tightens
again. When have I ever not loved
the pain of love? But this has moved
past love to mania. This has the strong
clench of the madman, this is
gripping the ledge of unreason, before
plunging howling into the abyss.
Hold hard then, heart. This way at least you live.


The Season of Phantasmal Peace


Then all the nations of birds lifted together
the huge net of the shadows of this earth
in multitudinous dialects, twittering tongues,
stitching and crossing it. They lifted up
the shadows of long pines down trackless slopes,
the shadows of glass-faced towers down evening streets,
the shadow of a frail plant on a city sill
the net rising soundless as night, the birds' cries soundless,
until there was no longer dusk, or season, decline, or weather,
only this passage of phantasmal light
that not the narrowest shadow dared to sever.
And men could not see, looking up, what the wild geese drew,
what the ospreys trailed behind them in silvery ropes
that flashed in the icy sunlight; they could not hear
battalions of starlings waging peaceful cries,
bearing the net higher, covering this world
like the vines of an orchard, or a mother drawing
the trembling gauze over the trembling eyes
of a child fluttering to sleep;
it was the light
that you will see at evening on the side of a hill
in yellow October, and no one hearing knew
what change had brought into the raven's cawing,
the killdeer's screech, the ember-circling chough
such an immense, soundless, and high concern
for the fields and cities where the birds belong,
except it was their seasonal passing,
Love, made seasonless, or, from the high privilege of their birth,
something brighter than pity for the wingless ones
below them who shared dark holes in windows and in houses,
and higher they lifted the net with soundless voices
above all change, betrayals of falling suns,
and this season lasted one moment, like the pause
between dusk and darkness, between fury and peace,
but, for such as our earth is now, it lasted long.


Ruins of a great house


Though our longest sun sets at right declensions
and makes but winter arches,
it cannot be long before we lie down in darkness,
and have our light in ashes. . .
Stones only, the disjecta membra of this Great House,
whose moth-like girls are mixed with candledust,
Remain to file the lizard's dragonish claws.
The mouths of those gate cherubs shriek with stain;
Axle and coach wheel silted under the muck
of cattle droppings.
Three crows flap for the trees
and settle, creaking the eucalyptus boughs.
A smell of dead limes quickens in the nose.
The leprosy of empire.
‘Farewell, green fields,
Farewell, ye happy groves!'
Marble like Greece, like Faulkner's South in stone,
deciduous beauty prospered and is gone,
but where the lawn breaks in a rash of trees
a spade below dead leaves will ring the bone
of some dead animal or human thing
fallen from evil days, from evil times.
It seems that the original crops were limes
grown in that silt that clogs the river's skirt;
The imperious rakes are gone, their bright girls gone,
the river flows, obliterating hurt.
I climbed a wall with the grille ironwork
of exiled craftsmen protecting that great house
from guilt, perhaps, but not from the worm's rent
nor from the padded calvary of the mouse.
And when a wind shook in the limes I heard
what Kipling heard, the death of a great empire, the
abuse of ignorance by Bible and by sword.
A green lawn, broken by low walls of stone,
dipped to the rivulet, and pacing, I thought next
of men like Hawkins, Walter Raleigh, Drake,
ancestral murderers and poets, more perplexed
in memory now by every ulcerous crime.
The world's green age then was rotting lime
whose stench became the charnel galleon's text.
The rot remains with us, the men are gone.
But, as dead ash is lifted in a wind
that fans the blackening ember of the mind,
my eyes burned from the ashen prose of Donne.
Ablaze with rage I thought,
some slave is rotting in this manorial lake,
but still the coal of my compassion fought
that Albion too was once a colony like ours,
‘part of the continent, piece of the main',
nook-shotten, rook o'erblown, deranged
by foaming channels and the vain expense
of bitter faction.
All in compassion ends
so differently from what the heart arranged:
‘as well as if a manor of thy friend's. . . ‘

Parang


Man, I suck me tooth when I hear
how dem croptime fiddlers lie,
and de wailing, kiss-me-arse flutes
that bring water to me eye!
Oh, when I t'ink how from young
I wasted time at de fetes,
I could bawl in a red-eyed rage
for desire turned to regret,
not knowing the truth that I sang
at parang and la commette.
Boy, every damned tune them tune
of love that go last forever
is the wax and the wane of the moon
since Adam catch body-fever.
I old, so the young crop won't
have these claws to reap their waist,
but I know 'do more' from 'don't'
since the grave cry out 'Make haste!'
This banjo world have one string
and all man does dance to that tune:
That love is a place in the bush
with music grieving from far,
as you look past her shoulder and see
like her one tear afterwards
the falling of a fixed star.
Young men does bring love to disgrace
with remorseful, regretful words,
when flesh upon flesh was the tune
since the first cloud raise up to disclose
the breast of the naked moon.


The glory trumpeter


Old Eddie's face, wrinkled with river lights,
looked like a Mississippi man's. The eyes,
derisive and avuncular at once,
swivelling, fixed me. They'd seen
too many wakes, too many cathouse nights.
The bony, idle fingers on the valves
of his knee-cradled horn could tear
through 'Georgia on My Mind' or 'Jesus Saves'
with the same fury of indifference,
if what propelled such frenzy was despair.
Now, as the eyes sealed in the ashen flesh,
and Eddie, like a deacon at his prayer,
rose, tilting the bright horn, I saw a flash
of gulls and pigeons from the dunes of coal
near my grandmother's barracks near the wharves,
I saw the sallow faces of those men
who sighed as if they spoke into their graves
about the Negro in America. That was when
the Sunday comics sprawled out on her floor,
sent from the States, had a particular odour,
a smell of money mingled with man's sweat.
And yet, if Eddie's features held our fate,
secure in childhood I did not know then
a jesus-ragtime or gut-bucket blues
to the bowed heads of the lean, compliant men
back from the states in their funereal serge,
black, rusty Homburgs and limp waiters' ties
with honey accents and lard-coloured eyes
was Joshua's ram's horn wailing for the Jews
of patient bitterness or bitter siege.
Now it was that as Eddie turned his back
on our young crowd out feteing, swilling liquor,
and blew, eyes closed, one foot up, out to sea,
his horn aimed at those cities of the Gulf,
Mobile and Galveston and sweetly meted
the horn of plenty through a bitter cup,
in lonely exaltation blaming me
for all whom race and exile have defeated,
for my own uncle in America,
that living there I never could look up.


GODSA