De Siete noches, noche sexta: la Cábala.
SEÑORAS, SEÑORES:
Las diversas y a veces contradictorias doctrinas que llevan el nombre
de la cabala proceden de un concepto del todo ajeno a nuestra mente occidental,
el de un libro sagrado. Se dirá que tenemos un concepto análogo: el de un libro
clásico. Creo que me será fácil demostrar, con ayuda de Oswald Spengler y su
libro Der Untergang des Abenlandes, La decadencia de Occidente, que
ambos conceptos son distintos.
Tomemos la palabra clásico. ¿Qué significa etimológicamente? Clásico tiene su etimología en classis: “fragata”, “escuadra”.
Un libro clásico es un libro ordenado, como todo tiene que estarlo a bordo;
shipshape, como se dice en inglés. Además de ese sentido relativamente modesto,
un libro clásico es un libro eminente en su género. Así decimos que el Quijote,
que la Comedia, que Fausto son libros clásicos.
Aunque el culto de esos libros ha sido llevado a un extremo acaso
excesivo, el concepto es distinto. Los griegos consideraban obras clásicas a la
Ilíada y a la Odisea; Alejandro, según informa Plutarco, tenía
siempre, debajo de su almohada, la litada y su espada, los dos símbolos de su
destino de guerrero. Sin embargo, a ningún griego se le ocurrió que la I
liada fuese perfecta palabra por palabra. En Alejandría, los bibliotecarios
se congregaron para estudiar la litada y en el curso de ese estudio inventaron
los tan necesarios (y a veces, ahora, desgraciadamente olvidados) signos de
puntuación. La Ilíada era un libro eminente; se lo consideraba el ápice de
la poesía, pero no se creía que cada palabra, que cada exámetro fueran
inevitablemente admirables. Ello corresponde a otro concepto.
Dijo Horacio: “A veces, el buen Homero se queda dormido.” Nadie diría que, a veces, el buen Espíritu Santo se queda dormido.
A pesar de la musa (el concepto de la musa es bastante vago) algún
traductor inglés ha creído que cuando Homero dice: “Un hombre iracundo, tal es mi tema”, “An angry man, this is my subject”, no se veía al libro como admirable letra por letra: se lo veía como
cambiable y se lo estudiaba históricamente; se estudiaban y se estudian esas
obras de un modo histórico; se las sitúa dentro de un contexto. El concepto de
un libro sagrado es del todo distinto.
Ahora pensamos que un libro es un instrumento para justificar,
defender, combatir, exponer o historiar una doctrina. En la Antigüedad se
pensaba que un libro es un sucedáneo de la palabra oral: sólo se lo veía así.
Recordemos el pasaje de Platón donde dice que los libros son como las estatuas;
parecen seres vivos pero cuando se les pregunta algo, no saben contestar. Para
obviar esa dificultad inventó el diálogo platónico, que explora todas las
posibilidades de un tema.
Tenemos también la carta, muy linda y muy curiosa, que Alejandro de Macedonia
le envía, según Plutarco, a Aristóteles. Éste acaba de publicar su Metafísica,
es decir, de mandar hacer varias copias. Alejandro lo censura, diciéndole que
ahora todos podrían saber lo que antes sabían los elegidos. Aristóteles le
responde defendiéndose, sin duda con sinceridad: “Mi tratado ha sido publicado y no publicado.” No se pensaba que un libro expusiera totalmente un tema, se lo tenía
como una suerte de guía para acompañar a una enseñanza oral.
Heráclito y Platón censuraron, por distintas razones, la obra de
Homero. Esos libros eran venerados pero no se los consideraba sagrados. El
concepto es específicamente oriental.
Pitágoras no dejó una línea escrita. Se conjetura que no quería atarse
a un texto. Quería que su pensamiento siguiera viviendo y ramificándose, en la
mente de sus discípulos, después de su muerte. De ahí proviene el magister
dixit, que siempre se emplea mal. Magister dixit no quiere decir “el maestro lo ha dicho”, y queda cerrada la discusión. Un pitagórico proclamaba una doctrina
que quizá no estaba en la tradición de Pitágoras, por ejemplo la doctrina del
tiempo cíclico. Si lo atajaban “eso no está en la tradición”, respondía magister dixit, lo que le permitía innovar. Pitágoras
había pensado que los libros atan, o, para decirlo en palabras de la Escritura,
que la letra mata y el espíritu vivifica.
Señala Spengler en el capítulo de Der Untergang des Abenlandes
consagrado a la cultura mágica que el prototipo de libro mágico es el Corán.
Para los ulemas, para los doctores de la ley musulmanes, el Corán no es
un libro como los demás. Es un libro (esto es increíble pero es así) anterior a
la lengua árabe; no se lo puede estudiar ni histórica ni filológicamente pues
es anterior a los árabes, anterior a la lengua en que está y anterior al
universo. Ni siquiera se admite que el Corán sea obra de Dios; es algo
más íntimo y misterioso. Para los musulmanes ortodoxos el Corán es un
atributo de Dios, como Su ira, Su misericordia o Su justicia. En el mismo Corán
se habla de un libro misterioso, la madre del libro, que es el arquetipo
celestial del Corán, que está en el cielo y que veneran los ángeles.
Tal la noción de un libro sagrado, del todo distinta de la noción de
un libro clásico. En un libro sagrado son sagradas no sólo sus palabras sino
las letras con que fueron escritas. Ese concepto lo aplicaron los cabalistas al
estudio de la Escritura. Sospecho que el modus operandi de los cabalistas fue
debido al deseo de incorporar pensamientos gnósticos a la mística judía, para
justificarse con la Escritura, para ser ortodoxos. En todo caso, podemos ver
muy ligeramente (yo casi no tengo derecho a hablar de esto) cuál es o cuál fue
el modus operandi de los cabalistas, que empezaron aplicando su extraña ciencia
en el sur de Francia, en el norte de España —en Cataluña—, y luego en Italia, en Alemania y un poco en todas partes. También
llegaron a Israel, aunque no procedieron de allí; procedían, más bien, de
pensadores gnósticos y cataros.
La idea es ésta: el Pentateuco, la Tora, es un libro sagrado. Una
inteligencia infinita ha condescendido a la tarea humana de redactar un libro.
El Espíritu Santo ha condescendido a la literatura, lo cual es tan increíble
como suponer que Dios condescendió a ser hombre. Pero aquí condescendió de modo
más íntimo: el Espíritu Santo condescendió a la literatura y escribió un libro.
En ese libro, nada puede ser casual. En toda escritura humana hay algo casual.
Es conocida la veneración supersticiosa con que se rodea al Quijote,
a Macbeth o a la Chanson de Roland, como a tantos otros libros,
generalmente uno en cada país, salvo en Francia, cuya literatura es tan rica
que admite, por lo menos, dos tradiciones clásicas; pero no entraré en ello.
Pues bien; si a un cervantista se le ocurriera decir: el Quijote empieza
con dos palabras monosilábicas terminadas en n: (en y un), y sigue con una de
cinco letras (lugar), con dos de dos letras (de la), con una de cinco o de seis
(Mancha), y luego se le ocurriera derivar conclusiones de eso, inmediatamente
se pensaría que está loco. La Biblia ha sido estudiada de ese modo.
Se dice, por ejemplo, que empieza con la letra bet, inicial de
Breshit. ¿Por qué dice “en el principio, creó dioses los cielos y la tierra”, el verbo en singular y el sujeto en plural? ¿Por qué empieza con la bet? Porque esa letra inicial, en hebreo, debe
decir lo mismo que b —la inicial de bendición— en español, y el texto no podía empezar con una letra que
correspondiera a una maldición; tenía que empezar con una bendición. Bet:
inicial hebrea de brajaá, que significa bendición.
Hay otra circunstancia, muy curiosa, que tiene que haber influido en
la cabala: Dios, cuyas palabras fueron el instrumento de su obra (según dice el
gran escritor Saavedra Fajardo), crea el mundo mediante palabras; Dios dice que
la luz sea y la luz fue. De ahí se llegó a la conclusión de que el mundo fue
creado por la palabra luz o por la entonación con que Dios dijo la palabra luz.
Si hubiera dicho otra palabra y con otra entonación, el resultado no habría
sido la luz, habría sido otro.
Llegamos a algo tan increíble como lo dicho hasta ahora. A algo que
tiene que chocar a nuestra mente occidental (que choca a la mía), pero que es
mi deber referir. Cuando pensamos en las palabras, pensamos históricamente que
las palabras fueron en un principio sonido y que luego llegaron a ser letras.
En cambio, en la cabala (que quiere decir recepción, tradición) se supone que
las letras son anteriores; que las letras fueron los instrumentos de Dios, no
las palabras significadas por las letras. Es como si se pensara que la
escritura, contra toda experiencia, fue anterior a la dicción de las palabras.
En tal caso, nada es casual en la Escritura: todo tiene que ser determinado.
Por ejemplo, el número de las letras de cada versículo.
Luego se inventan equivalencias entre las letras. Se trata a la
Escritura como si fuera una escritura cifrada, criptográfica, y se inventan
diversas leyes para leerla. Se puede tomar cada letra de la Escritura y ver que
esa letra es inicial de otra palabra y leer esa otra palabra significada. Así,
para cada una de las letras del texto.
También pueden formarse dos alfabetos: uno, digamos, de la a a la l y
otro de la m a la z, o lo que fueran en letras hebreas; se considera que las
letras de arriba equivalen a las de abajo. Luego se puede leer el texto (para
usar la palabra griega) boustrophedón: es decir, de derecha a izquierda, luego
de izquierda a derecha, luego de derecha a izquierda. También cabe atribuir a
las letras un valor numérico. Todo esto forma una criptografía, puede ser
descifrado y los resultados son atendibles, ya que tienen que haber sido
previstos por la inteligencia de Dios, que es infinita. Se llega así, mediante
esa criptografía, mediante ese trabajo que recuerda el del Escarabajo de oro
de Poe, a la Doctrina.
Sospecho que la doctrina fue anterior al modus operandi. Sospecho que
ocurre con la cabala lo que ocurre con la filosofía de Spinoza: el orden
geométrico fue posterior. Sospecho que los cabalistas fueron influidos por los
gnósticos y que, para que todo entroncara con la tradición hebrea, buscaron ese
extraño modo de descifrar letras.
El curioso modus operandi de los cabalistas está basado en una premisa
lógica: la idea de que la Escritura es un texto absoluto, y en un texto
absoluto nada puede ser obra del azar.
No hay textos absolutos; en todo caso los textos humanos no lo son. En
la prosa se atiende más al sentido de las palabras; en el verso, al sonido. En
un texto redactado por una inteligencia infinita, en un texto redactado por el
Espíritu Santo, ¿cómo suponer un desfallecimiento, una grieta? Todo tiene que ser
fatal. De esa fatalidad los cabalistas dedujeron su sistema.
Si la Sagrada Escritura no es una escritura infinita, ¿en qué se diferencia de tantas escrituras humanas, en qué difiere el Libro
de los Reyes de un libro de historia, en qué el Cantar de los Cantares de
un poema? Hay que suponer que todos tienen infinitos sentidos. Escoto Erígena
dijo que la Biblia tiene infinitos sentidos, como el plumaje tornasolado de un
pavo real.
Otra idea es que hay cuatro sentidos en la Escritura. El sistema
podría enunciarse así: en el principio hay un Ser análogo al Dios de Spinoza,
salvo que el Dios de Spinoza es infinitamente rico; en cambio, el En soph
vendría a ser para nosotros infinitamente pobre. Se trata de un Ser primordial
y de ese Ser no podemos decir que existe, pues si decimos que existe entonces
también existen las estrellas* los hombres existen, las hormigas. ¿Cómo pueden participar de esa misma categoría? No, ese Ser primordial no existe. Tampoco podemos decir que piensa,
porque pensar es un proceso lógico, se pasa de una premisa a una conclusión.
Tampoco podemos decir que quiere, porque querer una cosa es sentir que nos
falta. Tampoco, que obra. El En soph no obra, porque obrar es proponerse un fin
y ejecutarlo. Además, si el En soph es infinito (diversos cabalistas lo
comparan con el mar, que es un símbolo del infinito), ¿cómo puede querer otra cosa? Y ¿qué otra cosa podría crear sino otro Ser infinito que se confundiría
con él? Ya que desdichadamente es necesaria la creación del mundo, tenemos diez
emanaciones, las Sephiroth que surgen de Él, pero que no son posteriores a El.
La idea del Ser eterno que siempre ha tenido esas diez emanaciones es
de difícil comprensión. Esas diez emanaciones emanan una de otra. El texto nos
dice que corresponden a los dedos de la mano. La primera emanación se llama la
Corona y es comparable a un rayo de luz que surge del En soph, un rayo de luz
que no lo disminuye, un ser ilimitado al que no se puede disminuir. De la
Corona surge otra emanación, de ésa, otra, de ésa, otra, y así hasta completar
diez. Cada emanación es tripartita. Una de las tres partes es aquella por la
cual se comunica con el Ser Superior; otra, la central, es la esencial; otra,
la que le sirve para comunicarse con la emanación inferior.
Las diez emanaciones forman un hombre que se llama el Adam Kadmon, el
Hombre Arquetipo. Ese hombre está en el cielo y nosotros somos su reflejo. Ese
hombre, de esas diez emanaciones, emana un mundo, emana otro, hasta cuatro. El
tercero es nuestro mundo material y el cuarto es el mundo infernal. Todos están
incluidos en el Adam Kadmon, que comprende al hombre y su microcosmo: todas las
cosas.
No se trata de una pieza de museo de la historia de la filosofía; creo
que este sistema tiene una aplicación: puede servirnos para pensar, para tratar
de comprender el universo. Los gnósticos fueron anteriores a los cabalistas en
muchos siglos; tienen un sistema parecido, que postula un Dios indeterminado.
De ese Dios que se llama Pieroma (la Plenitud), emana otro Dios (estoy
siguiendo la versión perversa de Ireneo), y de ese Dios emana otra emanación, y
de esa emanación otra, y de ésa, otra, y cada una de ellas constituye un cielo
(hay una torre de emanaciones). Llegamos al número trescientos sesenta y cinco,
porque la astrología anda entreverada. Cuando llegamos a la última emanación,
aquella en que la parte de Divinidad tiende a cero, nos encontramos con el Dios
que se llama Jehová y que crea este mundo.
¿Por qué crea este mundo tan lleno de errores, tan lleno de horror, tan
lleno de pecados, tan lleno de dolor físico, tan lleno de sentimiento de culpa,
tan lleno de crímenes? Porque la Divinidad ha ido disminuyéndose y al llegar a
Jehová crea este mundo falible.
Tenemos el mismo mecanismo en las diez Sephiroth y en los cuatro
mundos que va creando. Esas diez emanaciones, a medida que se alejan del En
soph, de lo ilimitado, de lo oculto, de los ocultos —como lo llaman en su lenguaje figurado los cabalistas—, van perdiendo fuerza, hasta llegar a la que crea este mundo, este
mundo en el que estamos nosotros, tan llenos de errores, tan expuestos a la
desdicha, tan momentáneos en la dicha. No es una idea absurda; estamos
enfrentados con un problema eterno que es el problema del mal, tratado espléndidamente
en el Libro de Job que, según Froude, es la obra mayor de todas las
literaturas.
Ustedes recordarán la historia de Job. El hombre justo perseguido, el
hombre que quiere justificarse ante Dios, el hombre condenado por sus amigos,
el hombre que cree haberse justificado y al final Dios le habla desde el
torbellino. Le dice que Él está más allá de las medidas humanas. Toma dos
curiosos ejemplos, el elefante y la ballena, y dice que Él los ha creado.
Debemos sentir, observa Max Brod, que el elefante, Behemot (“los animales”) es tan grande que tiene nombre en plural, y luego Leviatán puede ser
dos monstruos, la ballena o el cocodrilo. Dice que Él es tan incomprensible
como esos monstruos y no puede ser medido por los hombres.
A lo mismo llega Spinoza, cuando dice que dar atributos humanos a Dios
es como si un triángulo dijera que Dios es eminentemente triangular. Decir que
Dios es justo, misericordioso, es tan antropomórfico como afirmar que Dios
tiene cara, ojos o manos.
Tenemos, pues, una Divinidad superior y tenemos otras emanaciones
inferiores. Emanaciones parece la palabra más inofensiva para que Dios no tenga
la culpa; para que la culpa sea, como dijo Schopenhauer, no del rey sino de sus
ministros, y para que esas emanaciones produzcan este mundo.
Se han intentado algunas defensas del mal. Para empezar, la defensa
clásica, de los teólogos, que declara que el mal es negativo y que decir “el mal” es
decir simplemente ausencia del bien; lo cual, para todo hombre sensible, es
evidentemente falso. Un dolor físico cualquiera es tan vivido o más vivido que
cualquier placer. La desdicha no es la ausencia de dicha, es algo positivo;
cuando somos desdichados lo sentimos como una desdicha.
Hay un argumento, muy elegante pero muy falso, de Leibniz, para defender
la existencia del mal. Imaginemos dos bibliotecas. La primera está hecha de mil
ejemplares de la Eneida, que se supone un libro perfecto y que acaso lo
es. La otra contiene mil libros de valor heterogéneo y uno de ellos es la Eneida.
¿Cuál de las dos es superior? Evidentemente, la segunda. Leibniz llega a la conclusión de que el
mal es necesario para la variedad del mundo.
Otro ejemplo que suele tomarse es el de un cuadro, un cuadro hermoso,
digamos de Rembrandt. En la tela hay lugares oscuros que pueden corresponder al
mal. Leibniz parece olvidar, cuando toma el ejemplo de las telas o el de los
libros, que una cosa es que haya malos libros en una biblioteca y otra es ser
esos libros. Si nosotros somos alguno de esos libros estamos condenados al infierno.
No todos tienen el éxtasis —y no sé si siempre lo tuvo— de Kierkegaard, quien dijo que si había una sola alma en el infierno,
necesaria para la variedad del mundo, y esa alma fuera la suya, cantaría desde
el fondo del infierno la alabanza del Todopoderoso.
No sé si es fácil sentirse así; no sé si después de algunos minutos de
infierno Kierkegaard hubiera seguido pensando igual. Pero la idea, como ustedes
ven, se refiere a un problema esencial, el de la existencia del mal, que los
gnósticos y los cabalistas resuelven del mismo modo.
Lo resuelven diciendo que el universo es obra de una Divinidad
deficiente, cuya fracción de divinidad tiende a cero. Es decir, de un Dios que
no es el Dios. De un Dios que desciende lejanamente de Dios. No sé si nuestra
mente puede trabajar con palabras tan vastas y vagas como Dios, corno
Divinidad, o con la doctrina de Basílides de las trescientas sesenta y cinco
emanaciones de los gnósticos. Sin embargo, podemos aceptar ía idea de una
divinidad deficiente, de una divinidad que tiene que amasar este mundo con
material adverso. Llegaríamos así a Bernard Shaw, quien dijo “God is in the making”, “Dios está haciéndose”. Dios es algo que no pertenece al pasado, que quizá no pertenezca al
presente: es la Eternidad. Dios es algo que puede ser futuro: si nosotros somos
magnánimos, incluso si somos inteligentes, si somos lúcidos, estaremos ayudando
a construir a Dios.
En El fuego imperecedero de Wells el argumento sigue el del Libro
de Job y su héroe se le parece. El personaje, cuando está bajo la
anestesia, sueña que entra en un laboratorio. La instalación es pobre y allí
trabaja un hombre viejo. El hombre viejo es Dios; se muestra bastante irritado.
“Estoy haciendo lo que puedo, le dice, pero realmente tengo que luchar
con un material muy difícil.” El mal sería el material intratable por Dios y el bien sería la
bondad. Pero el bien, a la larga, estaría destinado a triunfar y está
triunfando. No sé si creemos en el progreso; yo creo que sí, al menos en la
forma de la espiral de Goethe: vamos y volvemos, pero en suma estamos
mejorando. ¿Cómo
podemos hablar así en esta época de tantas crueldades? Sin embargo, ahora se toman prisioneros y se los envía a la cárcel,
posiblemente a campos de concentración; pero se toman enemigos. En tiempos de
Alejandro de Macedonia lo natural parecía que un ejército victorioso matara a
todos los vencidos y que una ciudad vencida fuese arrasada. Quizá
intelectualmente estemos mejorando también. Una prueba de ello sería este hecho
tan humilde de que nos interese lo que pensaron los cabalistas. Tenemos una
inteligencia abierta y estamos listos a estudiar no sólo la inteligencia de
otros sino la estupidez de otros, las supersticiones de otros. La cabala no
sólo no es una pieza de museo, sino una suerte de metáfora del pensamiento.
Querría hablar ahora de uno de los mitos, de una de las leyendas más
curiosas de la cabala. La del golem, que inspiró la famosa novela de Meyrink
que me inspiró un poema. Dios toma un terrón de tierra (Adán quiere decir
tierra roja), le insufla vida y crea a Adán, que para los cabalistas sería el
primer golem. Ha sido creado por la palabra divina, por un soplo de vida; y
como en la cabala se dice que el nombre de Dios es todo el Pentateuco, salvo
que están barajadas las letras, así, si alguien poseyere el nombre de Dios o si
alguien llegara al Tetragrámaton —el nombre de cuatro letras de Dios— y supiera pronunciarlo correctamente, podría crear un mundo y podría
crear un golem también, un hombre.
Las leyendas del golem han sido hermosamente aprovechadas por Gershom
Scholem en su libro El simbolismo de la cabala, que acabo de leer. Creo
que es el libro más claro sobre el tema, porque he comprobado que es casi
inútil buscar las fuentes originales. He leído la hermosa y creo que justa
traducción (yo no sé hebreo, desde luego) del Sefer letzira o Libro
de la Creación, que ha hecho León Dujovne. He leído una versión del Zohar
o Libro del esplendor. Pero esos libros no fueron escritos para enseñar la
cabala, sino para insinuarla; para que un estudiante de la cabala pueda leerlos
y sentirse fortalecido por ellos. No dicen toda la verdad: como los tratados
publicados y no publicados de Aristóteles.
Volvamos al golem. Se supone que si un rabino aprende o llega a
descubrir el secreto nombre de Dios y lo pronuncia sobre una figura humana
hecha de arcilla, ésta se anima y se llama golem. En una de las versiones de la
leyenda, se inscribe en la frente del golem la palabra EMET, que significa
verdad. El golem crece. Hay un momento en que es tan alto que su dueño no puede
alcanzarlo. Le pide que le ate los zapatos. El golem se inclina y el rabino
sopla y logra borrarle el aleph o primera letra de EMET. Queda MET, muerte. El
golem se transforma en polvo.
En otra leyenda un rabino o unos rabinos, unos magos, crean un golem y
se lo mandan a otro maestro, que es capaz de hacerlo pero que está más allá de
esas vanidades. El rabino le habla y el golem no le contesta porque le están
negadas las facultades de hablar y concebir. El rabino sentencia: “Eres un artificio de los magos; vuelve a tu polvo.” El golem cae deshecho.
Por último, otra leyenda narrada por Scholem. Muchos discípulos (un
solo hombre no puede estudiar y comprender el Libro de la Creación)
logran crear un golem. Nace con un puñal en las manos y les pide a sus
creadores que lo maten “porque si yo vivo puedo ser adorado como un ídolo”. Para Israel, como para el protestantismo, la idolatría es uno de los
máximos pecados. Matan al golem.
He referido algunas leyendas pero quiero volver a lo primero, a esa
doctrina que me parece atendible. En cada uno de nosotros hay una partícula de
divinidad. Este mundo, evidentemente, no puede ser la obra de un Dios
todopoderoso y justo, pero depende de nosotros. Tal es la enseñanza que nos
deja la cabala, más allá de ser una curiosidad que estudian historiadores o
gramáticos. Como el gran poema de Hugo “Ce que dit la bouche d’ombre”,
la cabala enseñó la doctrina que los griegos llamaron apokatástasis, según la
cual todas las criaturas, incluso Caín y el Demonio volverán, al cabo de largas
trasmigraciones, a confundirse con la divinidad de la que alguna vez
emergieron.
Siete Noches (1980),
en Obras completas, tomo III, Buenos Aires, Emece, 2000